Carlos Cano, en su nacimiento
Hubiera cumplido hoy 61 años, ese Carlos Cano que está en los cielos de la memoria, con su maltrecho corazón de murga, de copla y de habanera. Hace bien mi comadre Tere Torres en convocarnos para celebrar su vida y no para conmemorar su muerte, bajo el paraguas mágico de la voz de Inma Márquez, que lleva un mundo escribiendo en el aire canciones de muchos pero siempre con alma propia.

No cabe encerrar a Carlos Cano bajo ningún corchete, ni su persona diversa cabe entre los paréntesis del pensamiento único ni en los cuadros sinópticos con que el poder suele intentar explicar la emoción y el instinto. Este granadino era andaluz como gustaba describirlo Fernando Quiñones: aquel que es de todos los sitios de Andalucía. En su cuaderno de coplas, descubrimos así fiestas de Aguadulce y biznagas malagueñas, el olivo como un símbolo que retrata a Jaén o el río del olvido que se hizo tinto en Huelva, por más que su sangre viajase por el Guadalquivir, besara a Córdoba, coqueteara en Sevilla y muriese en Cádiz. Hay una rara hermandad entre Cádiz y Granada, un viaje de ida y vuelta que, para entendernos, a veces le ponemos los nombres cómplices de Manuel de Falla y de Carlos Cano. Ambos ingeniaron una rara hermandad de siglos, con la música como un escalofrío recorriendo la historia y con dos ciudades diferentes descritas por su partitura.

Falla, el gaditano, se fue a vivir a Granada que, como Federico sabe y cantó Carlos Cano, es una cárcel sentimental que sólo tiene salida por las estrellas. Y el granadino se vino a vivir a Cádiz, a La Caleta donde lo bautizaron Fernando Quiñones y Felipe Campuzano, al universo del carnaval donde se le quiere y se le archiva, a la Torre Tavira que contemplamos la misma tarde en la que en un domicilio de la calle Rosario Cepeda, Nadia Consolani iba a recibirle con el vestíbulo lleno de granadas.

Carlos Cano, que se sentía mestizo como todo buen nacido, sabía que Cádiz no sólo era Cádiz, sino el largo brazo marino que nos lleva a América, en el lugar en donde Pericón sostenía que era más fácil viajar a Cuba que a Madrid para tomar un café bebío y leer un papelón de esos que llaman diarios.

Ignoro qué Cádiz quería Carlos Cano pero malicio que no es este, adocenado, tópico, espejo de sí mismo, sino aquel capaz del heroísmo y de la sensatez, que quizá sea el mayor de los heroísmos.

Tampoco se qué Andalucía habría querido hoy aquel que venía de Ronda, buscando lo suyo y nos regalo un himno mejor que el de Blas Infante. Al final de su vida, apenas ya cantaba la blanca y verde, porque según decía la creó para un pueblo que soñaba y los andaluces de hoy ya no sueñan.

En vísperas del referéndum de autonomía, muchos se preguntan qué votaría Carlos Cano. Yo, que voy a votar que si, me atrevo a barruntar que no iría a las urnas o que votaría que no, porque él buscaba la utopía, que sigue siendo el máximo escalón de lo posible, y no un papel que simplemente nos pone modestamente de acuerdo para salvar los muebles y no quedar definitivamente descolgados del tren de la historia, por un poder que no cree apasionadamente en la tierra porque tal vez quienes simplemente la habitan no la tratan como a una amante sino como a una malquerida.

Carlos buscaba un final con beso para Andalucía y para los andaluces. En el fondo, sus coplas no fueron más que eso, un bolero colectivo que buscaba un final feliz para la película de este pueblo machacado por la historia o, peor aún, por una rara amnesia que le impide recordar una letra que dice: los andaluces queremos volver a ser lo que fuimos.

Carlos Cano fue andaluz de los de antes. Y, ojalá, más temprano que tarde, sea andaluz de los de luego. Donde quiera que estés, te sigue queriendo.