La boda del siglo
El había sido el príncipe de un cuento sin hadas, el protagonista de una de esas películas vitales en blanco y negro, gente corriente que se enfrenta a su biografía con el desgarro de la supervivencia y la fuerza de la costumbre. Ella era nieta de un taxista, pero durante los últimos treinta años había sido ministra de economía de su casa; con vistas al mar hasta que se lo quitaron, con vistas a la tierra, hasta que sólo hubo asfalto. De su boda queda un retrato sobre el mueble bar, un puñado de hijos que siguen viviendo casi todos en casa y esa cierta sonrisa de ternura que, de higos a brevas, se dirigen a veces cuando van a acostarse o cuando desayunan.

Pasaron tiempos de vacas flacas y de vacas escuálidas: a duras penas, terminaron de pagar el piso del sindicato, sacaron a sus hijos adelante entre becas y chapuces, dieron sepultura a sus viejos y la hija mayor va a traerles mañana a sus dos únicos nietos. Ahora que lo piensa, ella no recuerda exactamente cómo transcurrió su casamiento. Lo único que se le sigue viniendo a la memoria son los nervios, el aperitivo en “El Tropezón” y que tenía un miedo grande a que a su hombre no le gustara el vestido que había comprado en Santos, tras empeñar las alhajas de aquella abuela estraperlista que sólo le dejó cuatro vestidos, un par de sombreros, varias joyas no siempre falsas y un cuartucho de los callejones, que olía a pachuli y a tabaco.

Ambos atravesaron juntos tres décadas distintas: cuando no había dinero, paseaban para ver escaparates; y cuando lo había, se arrellanaban en las butacas del “Terraza” o del “Fuentenueva”, en aquellas eternas funciones dobles de los domingos. Los hijos fueron niños y luego no lo fueron. Los días fueron largos, hasta que dejaron de serlo. A su derredor, la ciudad fue cambiando. Al menos, tanto como ellos mismos cambiaron ante el espejo de su propia historia. En su rostro, las arrugas de hoy no son la bandera de la derrota sino de la resistencia. El no sabe a ciencia cierta si alguna vez hubo buenos tiempos. Ella no sabe a ciencia cierta si hizo bien en casarse con aquel tipo que le ha ido escoltando como un perro lazarillo en mitad de esa larga ceguera que suele ser la vida.

Pero ahí están. Aunque ya no duerman juntos ni se hablen a menudo en varios días.
Así que ambos ya lo tienen todo preparado. Encargarán una pizza para el almuerzo y hay unos cuantos botellines de cruzcampo, unas latitas de aceituna y unos pinchos de queso. Se sentarán en el viejo tresillo de eskay, mañana sábado, poco después de desayunar y antes de que su hija les traiga a los nietos. Encenderán el viejo aparato de televisión que abulta más que el aparador pero que conserva en su cumbre todavía la gitanita de plástico que les tocó en la feria del año 70. Y se pondrán a contemplar la boda del Príncipe Felipe de Borbón y Doña Letizia Ortíz. El, que siempre fue republicano pero que ahora es juancarlista, seguramente hará alguna broma. Ella le mirará con un gesto de reproche, antes de que él vuelva a abrir sus labios gruesos, obreros y fracasados: “La boda del siglo –anunciará—fue la nuestra”. Ella sonreirá y aumentará el volúmen del televisor con el mando a distancia. Ya le dijo lo mismo el día que se casaron Carlos de Inglaterra con Lady Di. También entonces, divertida, se puso la vieja pamela de la abuela, que olía a pachuli y a cigarrillos de estraperlo.