Pasodoble para una estación de trenes
2007-01-10 00:00:00
El aire traerá, probablemente, un raro olor a diesel y una ráfaga de carbonilla. En la noche, un expreso fantasma traerá soldados y se llevará malheridos de las guerras de Cuba o de Marruecos, o a su grupa escapará un maquis intentando huir de la pareja de civiles que recorrerá los vagones con una dura expresión de sospecha y posguerra.

Bajo la piqueta, emergerán petates de marineros, botones de ancla en color y lepantos que saltarán desde los raíles al muelle, donde los trabajadores de la colla distraerán pescado de bragueta mientras los exportadores despachan hacia Madrid calamares sin tinta y bocas de La Isla, qué ricas bocas.

La vieja estación de Cádiz que se desploma como King Kong en la última secuencia de una ciudad que busca eternamente un final feliz. Bajo sus hierros ilustres, el carbono 14 de la memoria colectiva seguirá conservando maletas de cartón rumbo a la vendimia o los polígonos industriales de París o de Francfort, pero también un ir y venir de matuteras, de alegres pandillas camino de ferias, carnavales o tardes de toros. De un momento a otro, desembarcará Fernando Quiñones con su obstinado rechazo a usar el coche, o amanecerá Alfonso Perales llegado de un calabozo de la Puerta del Sol de Madrid. Habrá un lejano eco a Bobadilla y a Brazatortas, a bocatas de calamares en la arcana Atocha, a chirridos del talgo y bienvenidas a Rafael Alberti con una banda de música sobre el andén de El Puerto.

Mientras cae el pasado sobre estas viejas vías y cambia el paisaje de este viejo rincón de Cádiz, con el anciano hostal al que la piqueta le ha hecho la eutanasia, la madrugada de los tiempos idos verá llegar guardagujas nerudianos, maquinistas que jugaban a ser lobos de mar sobre la cubierta de sus locomotoras y pulcros revisores rumbo a ese añejo camino de hierro en donde jóvenes subalternos descargarán eternamente las sacas de Correos. Allí, alguien llorará por un amor perdido entre una nube de pañuelos blancos, como banderas de los corazones rotos sobre el apeadero sentimental de la adolescencia.

El jefe de estación levantará su banderín para que el tren de la historia se lleve las que transcurrieron bajo la bóveda metálica de aquella estación termino de todas las españas y cuyo traqueteo trajo y llevó cantes de ida y vuelta y baúles de la Píquer, pero sobre todo y cotidianamente, los rostros cenicientos de obreros y estudiantes, que llegaban a un lugar donde casi nunca hubo trabajo y en donde el ingenio siempre pudo más que los títulos universitarios. También traían a bordo colados y vagabundos, fugitivos lutes de una España sórdida, mujeres de vida alegre y otras de triste supervivencia, el abrazo de un amigo o de un pariente lejano, las lágrimas de un deudo, el escalofrío de un descarrilamiento y esa turbia sensación de que vivir es un túnel cuya salida se ignora.

Que derriben una estación de ferrocarril no ocurre todos los días. Así que disculpen y distraigan si bajo tales circunstancias extremas hoy he escrito un pasodoble en vez de un artículo porque, maldita sea, la noticia me haya puesto comparsista en vez de machadiano.