Las naves del olvido
Memorias de un canalla VIERNES 7-JUN-2002 OPINION
2002-06-07 00:00:00
FRENTE a mi ventana, hasta hace un par de años, iba y venía la flota pesquera, con su grey de pavanas y sirenas, desde endebles faluchos de madera a recios palangreros o arrastreros con el casco de fibra de vidrio. La lonja madrugaba entre legañas y olor de algas, carajillos de cantina y voces afillás en las subastas. Resulta simbólico que, desde hace un par de años, a la dársena pesquera le tocase mudanza y, frente a mi ventana, rellenasen el mar como quien tapia una habitación que ya no sirve.Hoy, los únicos ruidos del amanecer son los potentes claxons de los camiones TIR que estacionan sus enormes remolques sobre la explanada donde, a menudo, deambulan las despistadas gaviotas, buscando la superficie de las aguas que estuvo allí y que ya no existe.

Rafael Montoya, el viejo marinero que fue patrón mayor, está a punto de publicar un libro en donde, más allá de las anécdotas personales de su amigo el Rasque, relata la caída de esta casa común que compartieron tripulantes locales con gallegos y alicantinos, en un proceso que duró un par de siglos mal contados y algunos de cuyos signos visibles fueron las barriadas del arroz o la de pescadores, propiamente dichos, empezando por el párroco, el padre Andrés, que fue cuervo a bordo de una de aquellas naves que nunca debieron ser las del olvido: ahora, hasta él mismo se ha reconvertido y pesca hombres, inmigrantes a los que llaman ilegales y a los que los gobiernos democráticos de Europa quieren tratar ahora fascistamente para evitar que los fascistas lleguen democráticamente a gobernar la Unión.

Los barcos no encuentran caladeros, los armadores no encuentran marinería y las administraciones no encuentran tantos proyectos de reconversión sobre la mesa como sería posible atender con los fondos comunitarios que han desembolsado como cataplasma para el profundo cáncer que sufre la pesquera española: cualquier día de estos, lo mismo que ocurriera en el campo con el turismo rural, vemos zarpar a una de aquellas proas que enfrentaban naufragios y patrulleras, cargadas con una pandilla de guiris o de marineros de agua dulce, en régimen de turismo pesquero.
La leyenda negra refiere que alguno de nuestros barcos llegó a usar dinamita para pescar a mansalva al sur o al norte del Cabo Noum. Por eso, quizá, por justicia o por injusticia poética, nos han dinamitado todos los sueños que llevaban olor a brea, cartas de navegación y sextantes oxidados. Primero, fue Marruecos.Ahora, toca reconvertir la flota europea dictada desde Dinamarca, un país que ha incumplido todos los plazos de ajuste pesquero.Su brazo armado vuelve a ser el temible comisario Finschler, un austriaco al que ya debemos el sanseacabó de la OCM del aceite y al que espeluznaría que reconvirtiesen la ópera que seguro que es el único sector primario de su país. ¿Cómo podemos lograr que las directivas comunitarias no sólo asuman el dolor macroeconómico de los datos contantes y sonantes o la angustia esencial de los pescadores, sino ese momento mágico del alba marina, que yo veía desde mi ventana y que ya no veo?