LA BODA DE JOHN LENNON
El día que se casó John Lennon, yo perdí la inocencia. El mundo era gris, allí donde vivía, en esa ciudad del sur, perpetuamente nublada, como si se hubiera contagiado de la Inglaterra sombría cuya bandera ondeaba allá enfrente. Frente a la playa donde reinaron los sueños de mis primeros años, Gibraltar sonreía azul en los veranos, aunque su enorme mole mineral desapareciera a menudo en la niebla de la mañana.

A tales alturas de la historia, Algeciras resultaba, incluso, un paraje hermoso, con un aire vagamente cordial y provinciano que aún respetaba las fachadas de cal y los tejados a dos aguas, para combatir la frecuente lluvia de los inviernos y los vendavales de cualquier temporada. Las rejas en las casonas del centro eran sólidas, diríase que eternas, como si no fueran a ser demolidas bajo las piquetas que ya asomaban por la parte del puerto, alzando vertiginosos edificios que jugaban a ser rascacielos: “Esto va camino de convertirse en Nueva York”, se entusiasmaba mi padre con sus amigotes, en el bar de Alfonso, al que le decían Vietnam porque a media tarde aquello era una guerra de voces y ruidos de cascos de quintos de cerveza, bajo un televisor en blanco y negro que retransmitía el remoto milagro de los partidos de fútbol, de los telediarios y de aquellas series americanas con vaqueros gordos de sombrero hongo, heroicas caravanas en tierras de cheyennes, pioneros norteamericanos con gorros de castor, viajes al fondo del mar a bordo del “Seaview”, gangsters acosados por federales con tirantes y mascotas, fantasmas del Museo del Louvre o extraterrestres que se delataban por un extraño tic en la mano.

Aquello, seguramente, iba a convertirse en Nueva York, pero sabíamos de sobra que vivíamos en Andalucía, o lo que fue esta tierra antes de que la pobreza dejara de ser una costumbre eterna, una costra grasienta, pegada al cuerpo como el sudor de alguien que no se duche. Por mi infancia, transitaban todavía cabreros que vendían la leche de su rebaño, en un barrio que despertaba con el alegre culantrillo de los afiladores, junto a los motocarros que iban y venían dando portes, o alegres recién casadas que usaban por primera vez butano y compraban tresillos o muebles-bar, donde colocar figuritas de porcelana o toros de plástico. Aquella larga ración de obreros que conformaba la vecindad, eran madrugadores, de los que echaban el vaho del frío por la boca del amanecer, así resultaran hombres de su casa o bronquistas de taberna. Unos y otros chapuceaban por tajos y por lonjas, o buscaban combinación para algún desplazamiento más largo de la cuenta, de acá para allá en un tiempo sin dinero para un auto, deteniendo a los coches pudientes cruzando los brazos o, los más listillos, haciendo señas con el dedo pulgar, como habían visto tal vez en las películas del cine de verano. Vivíamos, por aquel entonces, por la parte de La Vinicola, junto al montículo desde donde se bajaba hasta el valle de la glorieta de María Auxiliadora, un universo de cocheras, ultramarinos, peluquerías, los dos chalés de una misma familia de rumbo y el colegio de los salesianos, con su templo a medio terminar frente a una atrevida capilla protestante. Yo tenía trece años y soñaba con ser mi hermano mayor, a la grupa de una vespa con la que, los domingos, convidaba a una chica de traje chaqueta y pañuelo en la cabeza, para achucharse en las sesiones dobles del cine Fuentenueva, que se alzaba al cabo de una calle con olor a dama de noche. Solía verles entrar a la sala, con sus gabardinas largas y su peinado a lo kennedy, a la falda de la gran pantalla, más allá de la galería de retratos de actores virados en ocre como el paso del tiempo. Allí, en el vestíbulo, olía a urinario. Y, adentro, aguardaban aventuras sin cuento, vertiginosos revólveres, centuriones romanos, o romances con beso que despertaban los inmediatos silbidos de los espectadores. Algo así me ocurría con la música. En el corazón luminoso de una juke-box, brincaban la emoción de yenkas y de twists. La vida, alrededor, olía a podrido y a marchas militares.

El “Fuentenueva” era un cine barato y largo, de reestreno preferente, sin la categoría funcional del Almanzor o la elegancia en panavisión del Florida, con su fachada de ladrillos rojos y su breve vestíbulo donde, una vez, me quedé embobado ante los fotogramas sicodélicos de la película “The Yellow Submarine”. Debo decir que yo adoraba a los Beatles. Que yo adoraba a los Beatles, en el país de José Guardiola y de Julio Iglesias. Más de un día y más de dos, tuve bronca en casa, cuando mi padre me afeaba que hubiera dejado crecer más de la cuenta el flequillo y me arrastraba de la oreja, calle abajo, hasta la barbería de Andrés, para que me pelara al uno. Ocurría, casi siempre, cuando él aguardaba a Frasquito y a Durruti, sus visitantes más habituales, y de repente se volvía revirado, como si una recia mano del minio de la aventura le untase la cara. Se encerraban hasta las tantas en el exiguo saloncito de la casa, cuando mi hermano y yo ya estábamos en la cama, y mi madre dormía como la santa que siempre fue. Yo les oía trastear con la radio, a la búsqueda de una emisora remota, con mucho ruido y con acento francés, desde la que se oía una voz que hablaba de no sé qué huelgas generales y en la que llamaban asesino y cosas peores al Generalísimo Franco; caudillo de España por la gracia de Dios, como nos repetían en la escuela.

Cuando mis padres no estaban y mi hermano tenía contrato de listero y no se pasaba el día estudiando para examinarse de perito, El Huichi y yo también rastreábamos las ondas, pero para buscar una emisora distinta, por la que no salieran las voces de Antoñita Peñuela ni de Bonet de San Pedro, ni de Conchita Bautista, ni siquiera de los Sirex. En Gibraltar, allí enfrente, había dos radios y nosotros preferíamos la inglesa, la de los militares. El Huichi y yo nos hicimos amigos cuando guardábamos fila en las clases de gimnasia porque tarareábamos a la vez “Love me do”. Nosotros éramos la banda del club de los corazones solitarios. Sabíamos distinguir la armónica de John y cómo doblaban voces en “It won’t be long”. Desde el primer instante, adivinamos mutuamente, en uno y en otro, un cómplice, un compañero de correrías, un auténtico camarada a la búsqueda de aquel mundo feliz al que nos convidaban los cuatro de Liverpool, lejos de las misas obligatorias, del traje de los domingos, de las dianas floreadas y de los niños del colegio de San Ildefonso, coreando, una Navidad tras otra, los números de la lotería que nunca nos tocaba. En la emisora de la base inglesa, no se hablaba español ni existía Raphael. El panteón de su música discurría entre The Monkeys y The Beach Boys, pero, sobre todo, mandaban John, Paul, Ringo y George, junto a aquellos ilustres gamberros a los que llamaban los Rolling y que a mí no me gustaban ni mijita porque Mick Jagger le daba un aire al jefe de la pandilla de los Pellas, esos gamberros que una vez nos habían dado una zurra para mangarnos los bocadillos de chocolate Elgorriaga.

Se decía que iban a cerrar la frontera de Gibraltar, de un momento a otro. A veces, por las tardes, íbamos hasta el pueblo y bajábamos al muelle, para ver llegar al “Ailine”, el barquito que traía a los obreros que trabajaban en La Roca y a los matuteros que trapicheaban con golosinas y tejidos, medias de lujo o pilas de mechero, lo que fuese con tal de sobrevivir a aquel tiempo que mi padre y sus amigos todavía soñaban con cambiar de rumbo. Me daban coraje y lástima, al mismo tiempo, porque ignoraban que el barco de sus años se iba a pique, mientras liaban picadura de tabaco y charloteaban hasta las tantas, cansados, cabreados, tan flacuchos todavía como cuando mi madre cuenta que volvieron del campo de trabajos forzados, tras la guerra civil o tras la guerra mundial, que eso nunca lo supe. Ni quería saberlo, porque yo vivía en el callejón de Penny Lane, durante una larga noche de aquellos días, junto a Eleanor Rigby, y la única idea política que mantuve entonces era la letra de Back in the USSR, llena de lindas ucranianas y otros supuestos atractivos de la Unión Soviética. Yo era un refugiado político de la rutina, el país del ayer, donde todos mis problemas parecían lejanos y, como el acné de mi cara, ahora tenían pinta de quedarse. Yo añoraba el ayer, cuando el amor era un juego fácil de jugar y, ahora, en cambio, necesitaba un lugar para esconderme. Pero ahora, tanto más tarde, comprendo que entonces yo todavía no tenía ayer, ni demasiados problemas, ni siquiera aún algún amor fracasado por el que preguntarme por qué tuvo que irse la chica de la canción.

A mí, me gustaba Carmencita Basilio, la hija del guardia en el puesto que había en la playa del Rinconcillo. Preferíamos, El Huichi y yo, pegarnos la caminata hasta allá lejos, para evitar la pequeña cala de Los Ladrillos, que estaba sucia y llena en los días de verano, con una muchedumbre de chiquillos con madres que no se atrevían a ponerse bañador y que les obligaban a cumplir con los tres chapuzones consecutivos que precedían al inicio de la temporada, al día siguiente de la procesión de la Virgen del Carmen. Así que huíamos de la multitud y tomábamos el carril que bordeaba el cementerio, bajaba por calas recónditas y moría justo allí, donde el aire parecía más limpio y nuestros ojos se repartían en la contemplación de aquella montaña marina e inmensa, que cerraba el paisaje, a la que nunca habíamos ido, a la que nunca probablemente pudiéramos ir, porque Francisco Franco iba a cerrarla de un momento a otro, como si fuera una cárcel, como si fuera el calabozo que mi padre recordaba todavía, con miedo y con tembliques, hasta que los aliviaba con una copita de ponche, de un solo trago: “Algeciras –decía entonces--, va camino de ser Nueva York”.

Pero yo no sabía exactamente qué era Nueva York. A mi, me pirraba ver a las suecas rubias, que lucían bikini y chapurreaban ausfidensen, tanquenchen o ajtun. O pasábamos las horas muertas contemplando a aquellos forzudos marineros, mientras sacaban el copo al atardecer, frente a un litoral donde empezaron a izar las extrañas chimeneas de lo que habría de ser una refinería de petróleos. Conocimos a Carmencita, jugando a la jincaleta y ya nada volvió a ser igual para mí y para El Huichi, aunque nos juramentamos en que ella sería de los dos o no sería de nadie. Su padre era guardia y, a veces, nos regalaba caramelos: “Nos trata como si fuéramos críos”, protestaba mi amigo, cuando lo cierto es que nosotros pretendíamos llegar al cuartelillo una tarde, vestidos con un impecable traje chaqueta de tergal y pedirle, a la vez, la mano de su hija, bajo la firme promesa de hacerla feliz como si la vida fuera una de esas películas en technicolor con Rock Hudson y Doris Day, que tanto parecían gustarle a mi hermano, a su novia y al resto de las ñoñas parejitas del domingo.

Yo la dejaba embobada con tan sólo decirle: “¿Quieres que te cuente un secreto? No me necesitas para enseñarte el camino del amor”. Lo que ella no sabía es que eran unos versos de John, al que venerábamos como un paladín invencible. Escuchamos a Bob Dylan, sólo porque él lo admiraba. Y en el pickup que el padre de El Huichi se trajo desde Alemania, nos negábamos a oír “It’s only love”, porque Lennon la odiaba.

Pero lo mejor de Carmencita no eran sus trenzas rubias, sus pecas, su boquita de piñón, sus piernas adolescentes bajo la falda tableada del uniforme del colegio de las monjas. Lo mejor de Carmencita era que decidiera acompañarnos a los paseos en barca, hasta la piedra grande, desde donde nos zambullíamos en el mar, incluso en los días de invierno, a poco que hiciera bueno cuando el tímido poniente nos libraba de la humedad y el frío, de los nublados del levante, esto es, de las sombras. El barquero se llamaba Gregorio, era contrabandista y leía libros. Por eso, decía, le había puesto “Pilar” a su falucho: un motor recio, capaz de eludir a las lanchas del resguardo si es que los guardias se ponían demasiado pejigueras porque no estuvieran conformes con la suma del soborno.

-- Por Hemingway –decía--. Se llama “Pilar”, porque yo me llamo Gregorio. Si queréis resolver el misterio, tendréis que leer una novela.

A mí, sólo me hubiera interesado ese tal Hemingway, si hubiera sido productor de The Beatles, o el quinto y legendario miembro del grupo, o alguno de esos speakers que se agazapaban en la radio gibraltareña y que daban la sensación de saberlo todo sobre ellos, pero probablemente sólo fuesen modestos soldados de la guarnición que habían logrado ese cómodo destino ante el micrófono: por ellos, supimos distinguir la armónica de Lennon y la ocasional voz de Ringo, escuchamos hablar de un tal Smokey Robinson y que Paul McCartney inventó la letra de “All my loving” mientras se afeitaba. Quizás fue la censura la que les impedía decirnos que “She said, she said”, la habían escrito después de probar por primeravez el ácido lisérgico, su Lucy in the Sky with Diamonds.

“Here’s mr. Tom Jones, the tiger of Wales, singing Delilah, for you and for you”, remachaban los locutores, como si estuvieran voceando pescado por las calles de mi país, aquella nación católica y cansada donde los únicos ingleses que gustaban eran Lulú y Matt Monro, aquel simpático conductor de autobuses que canturreaba en español como si tuviera la boca llena de chicles “Bazooka”.

A Gregorio, le tuvimos que caer en gracia, y de tarde en tarde nos llevaba a los tres, más allá de las boyas del puerto, a juguetear por la Bahía, buscando delfines o avistando peces martillo cuando las aguas no eran turbias y el futuro parecía que fuera a sonreírnos. Nos creíamos tan felices que podíamos gastar ocho días por semana en aquellas escapadas náuticas: “Os voy a llevar hasta Cabo Jubi”, prometía, por más que no fuera cierto. En el mar, nos decía, no había límites escritos. No había ni una sola señal de propiedad sobre aquella superficie que a veces se picaba, a poco que saltara el viento y nosotros terminábamos echando la pota por la borda. Las fronteras –eso nos lo explicaba con esa voz neutra y cansina que impostan aquellos que parecen de vuelta de todo--, las ponen los gobiernos, la ley, el poder. Eso largaba y nosotros no entendíamos ni jota. A nosotros, sólo nos gustaba su olor a brea y su gorra azul, sus primeras canas y el humo de la pipa que fumaba en su pequeña cabina, mientras chapoteábamos en la mar, atados a un cabo cuando la resaca era fuerte. La primera vez que besé los labios de Carmencita fue durante una de aquellas zambullidas y pensé, claro es, que todos los besos eran salados.

De buena mañana, aquel día de marzo, El Huichi aporreó la ventana de mi clase, en el colegio de don Isidoro. El solía hacer novillos del aula de enfrente, saltaba la tapia y bajaba hasta el río, para jugar con los hijos de las chabolas que apenas sabían leer o hacer cuentas, aunque que se las sabían todas a la hora de coger cangrejos, robar gallinas o se entretenían en buscar el escondrijo de El Zambo, aquel vagabundo cargado de leña y de ramas secas al que hacían rabiar como si a él le gustase, porque fuera señal de que alguien le tenía en cuenta: “Alberto, Alberto –me gritó sin importarle que el maestro se coscara--. Sal de ahí, sal de ahí...”. En su rostro, se vislumbraba la urgencia de un incendio y pegaba manotazos como si se estuviera despidiendo de alguien que se embarcara para las Américas. Pedí permiso para ir al servicio, pero el profesor no volvió a verme el pelo en todo el día.

El Huichi me llevó al trote, con la lengua afuera, y hasta llegar al Secano no comenzó a explicarse: “John Lennon, que se casa John Lennon”. Eran las nueve y media de la mañana, el cielo estaba encapotado y ya habíamos dejado atrás la Plaza de Toros, con los muros pintados de maletillas y leones que lamían una botella rota de coñac. Al ritmo del Twist and Shout, alcanzábamos la puerta del Casino Cinema, en cuyas carteleras se anunciaba la compañía de Juanito Valderrama: “Que John Lennon está en Gibraltar para casarse otra vez –me relató--. Sí, sí, con esa vieja, con la japonesa esa con la que le pillaron y por la que su novia de siempre –imaginaba-- le pidió el divorcio”.

Aprendíamos inglés a marchas forzadas, para poder enterarnos de lo que nos decían cualquiera de esos locutores puede que pelirrojos, desde aquella emisora a veinte kilómetros de distancia que se nos antojaba, sin embargo, en la otra esquina del universo. Ahora, sabíamos antes que nadie de los éxitos y de los fracasos del grupo, que ni Money ni Roll over Beethoven eran temas suyos, o estábamos al cabo de la calle de sus películas, de los síncopes de sus fans, o de que la reina les había nombrado caballeros como si en el fondo fuesen espadachines de la Tabla Redonda. Por la radio, andábamos de inmediato al corriente de las últimas composiciones de Paul McCartney, o aprendíamos que había pergueñado la música de “Yesterday” en un viaje desde Portugal hasta el golfo de Cádiz, con dos o tres amigos en un deportivo, aunque su letra original hablase de no sé qué pamplinas de huevos escalfados. Pero nos cabreábamos como monos cuando insinuaban que las cosas no iban demasiado bien entre ellos y que ni siquiera querían coincidir en el estudio para grabar su próximo disco. El Huichi y yo estábamos seguros de que todo era un invento de los Gobiernos para evitar que su música pudiera sustituir alguna vez a los gastados y retóricos discursos de los mandamases, para evitar que su rebeldía derrocase a aquellos envarados ministros de bigotillo afilado que salían en el No-Do y saludaban como Hitler. Aquella mañana, mi amigo se había hecho el remolón en casa, alegando que estaba a punto de sufrir las paperas que no había pasado de chico y dejando seriamente preocupada a su madre por la posibilidad de que dicha enfermedad tardía pudiera impedirle que, en el futuro, fuera un hombre completo: “¿Qué quieres decir?”, se asustó El Huichi, pero ni le dio tiempo a esperar la respuesta, porque pegó un respingo cuando Engelbert Humperdick dejó de cantar y el locutor soltó la bomba. Mi único socio en la banda del club de los corazones solitarios pegó la oreja al aparato y tuvo que volver a oír tres veces la noticia para hacerse cargo de que estaba en lo cierto, de que había comprendido correctamente lo que decía, de que no volvía a confundir lo de estar aburrido con estar hambriento, como solía sucederle en las clases de la academia Rubio.

A las ocho y media, sería. El Huichi corría que se las pelaba para ir a buscarme al colegio. Que John y Yoko han llegado a primera hora a Gibraltar, desde París –ya estábamos a la vera del mar--. Que van a casarse –nos cruzamos con una comitiva fúnebre a la vera del camposanto--. Que estaban en París y decidieron venirse para acá en un avión privado: ya distinguíamos la playa de El Rinconcillo y el solitario hotel Bahía, con su colosal araucaria salvaje de la isla de Norfolk.

El Huichi parecía tenerlo todo planeado. Me llevaba a carajo sacado, por el mismo camino que rumbeábamos en verano o durante los domingos más apacibles del resto del año. Allá, sobre las arenas de la playa, aquel día no era previsible que nos aguardase la niña de las trenzas y de los besos salados, que estaría dando clases con aquellas religiosas palidísimas y severas, pero seguro que Gregorio andaba calafateando o, tal vez, durmiera todavía si es que había tenido una de esas noches agitadas en las que –así lo imaginábamos en nuestras ensoñaciones de la duermevela—era un forajido del mar, que lograba darle el esquinazo a los guardacostas.

Pero, simplemente, estaba curdela. Como una cuba. En la terraza del Hotel Bahía, Gregorio dormía la mona junto a una botella vacía de tinto de las bodegas Chon. El Huichi le zarandeaba tal que si estuviera muerto y hubiese que revivirle. Yo me acordé de una película de John Wayne, ese sheriff barrigudo que pegaba cates, en la que Robert Mitchum hacía de borrachín. Así que cogí un balde del pasillo que llevaba a una frondosa araucaria y le eché por encima el cubo de agua. Gregorio se despabiló como si el mismísimo Ernesto Hemigway hubiera venido a saludarle. Tardamos, sin embargo, tela de tiempo en explicarle, primero, y en convencerle, luego. En explicarle que ese simple trecho de mar era la distancia que nos separaba de nuestros sueños. Y en convencerle de que nos ayudara a cruzarla, de que nos llevara a bordo de “Pilar” hasta aquel lugar, tan próximo y tan remoto, donde sólo había canciones estupendas y voces en inglés, lejos, muy lejos, de la tristeza de mi padre y del cansancio con ojeras que lucía mi madre a cualquier hora del día o de la noche, lejos, muy lejos, de aquel barrio con sabor a polvareda y a futbolines, atravesado por calamitosos camiones y minúsculos seíllas; lejos, muy lejos, de los himnos oficiales, de los militares con entorchados, de los curas con sotana, de aquel lugar bajo uniforme y silencio que pretendía abrazarnos como una abuela, pero que, en realidad, nos asfixiaba como una serpiente.

Zarpamos de inmediato, con el motor a todo gas y con Gregorio apoyado sobre el timón, a pique de quedarse dormido en el intento: “...¡por allí resopla!”, tronaba el piloto, como si avistase imposibles ballenas, con los ojos achispados y un aliento que echaría fuego con sólo acercarle una cerilla. A tres cuartos de hora de la costa, ganábamos Gibraltar, que aquellas alturas era ya un puñado de casas de diverso porte, un muelle cargado de grúas y de paquebotes, o un puñado de veleros y embarcaciones deportivas, que jugaban a hacerle cosquillas a un par de buques de la Royal Navy. Gregorio estaba piripi pero no estaba loco, así que torció a tiempo y buscó un caladero próximo a la pista del aeropuerto, relativamente cerca de la escollera, pero donde no arriesgábamos la vida al desembarcar. Una vez que El Huichi y yo saltamos a tierra, él volvió a quedarse lirón como un niño de pecho.

Los acontecimientos sucedieron, entonces, vertiginosamente: el salto a tierra, las piernas menudas de mi amigo corriendo que se las pelaba bajo sus pantaloncitos cortos, mi propio canillaje encaminándose hacia un destino que ni imaginábamos. Mi amigo administraba los datos de lo que sabía. Que los iba a casar el magistrado Cecile Wheeler, había oído él en la radio. Que les acompañaba como testigo Peter Brown, que era quien les había sugerido la idea de fletar un aeroplano y bajar hasta Gibraltar. Que no pudieron casarse en el ferry y les exigían varias semanas de estancia en Francia o en Alemania, para poder contraer matrimonio en la embajada británica en cualquiera de tales países. Pero, ¿dónde estarían ahora, cómo buscarles en aquel lugar extraño donde la gente parloteaba en distintos idiomas y ninguno era correcto?. No sé si es que tuvimos suerte o fue de chiripa o el destino existe, pero lo cierto es que nos vieron dos bobbys y nos dieron el alto. Salimos najando, huyendo como galgos hacia no sabíamos dónde. Lo cierto es que, como por ensalmo, ante nosotros se abría la pista enorme del campo de aviación, como si un portaviones se hubiera cruzado en mitad del mar y de la carretera.

Imagine usted la escena: los pies planos detrás nuestra, como perros pachones que hubieran husmeado el rastro de la caza y no lo abandonasen. Un avión de pequeño porte en el horizonte y una pareja de blanco, él con chaqueta, ella con minifalda, posando ante un fotógrafo armado con una cámara enorme.

-- ¡Son ellos!. Son ellos.

El Huichi gritaba y musitaba, medio exhausto.

-- “¡John, John, eh, John!”, manoteaba yo en el aire, mientras los guardias tocaban sus silbatos o nos chillaban en español que nos parásemos, que no siguiéramos avanzando por la pista de aterrizaje, que era un delito y que íbamos a saber lo que cuesta un peine.

Pero no les hicimos caso, como John Lennon tampoco nos lo hizo a nosotros. Llevaba el cabello largo y limpio, de eso me acuerdo. Y también recuerdo que Yoko Ono nos miró como si no nos viera. Lo cierto es que ambos, junto con otro tipo, subieron la escalerilla y que la Royal Gibraltar Police nos detuvo cuando el aparato encendía sus motores.

Camino de la estación de policía, apenas acertamos a ver como despegaban, con dirección a un porvenir que nunca sería el nuestro. Pasamos horas allí, en un caserón de ladrillo rojo que quedaba en una calle llamada Irish Town: “Sólo estoy dispuesto a darles mi nombre y graduación”. Habíamos visto muchas películas de la Segunda Guerra y sabíamos qué era lo que se esperaba de nosotros. Desde la ventanilla de aquella habitación aburrida, imaginé que paseaba por aquellas calles bulliciosas y ricas que yo había entrevisto a duras penas mientras viajábamos en el furgón. Un juez con peluca gangoseó, luego, en un inglés grandilocuente, que se nos devolviera de inmediato a España, con una seria amonestación para que se nos reconviniese por haber entrado ilegalmente a Gibraltar. El Huichi creyó escucharle la palabra correccional y a mí me dio en imaginarme como Oliver Twist, el chiquillo ese tan desgraciado que salía en la novela que yo había leído en forma de tebeo.

En la frontera, nos aguardaba una pareja de civiles. Uno de ellos era el padre de Carmencita Basilio. Estaban serios mientras charloteaban e intercambiaban papeles con los agentes gibraltareños que nos llevaron hasta allí, envarados y solemnes, como si la Interpol hubiera encargado nuestra busca y captura; pero, al menos, él nos sonrió de inmediato y nos regaló un par de caramelos de goma. A mí no me llegaba la camisa al cuerpo: no en balde, recordaba el rostro magullado de Durruti, uno de los amigotes de mi padre, cada vez que le llevaban a la comisaría o a la comandancia. En aquellos tiempos, eso aprendí en los suburbios de entonces, uno podía fiarse más de los criminales que de los policías. Tardamos un siglo en volver a Algeciras. Nos sentíamos sucios, fracasados, traicionados por aquella décima de segundo en la que John Lennon no nos miró siquiera y Yoko Ono nos miró como si no nos viese. “Route 66”, comenzó a cantiñear El Huichi. “I can get no satisfaction”, le respondí. Si el beatle nos había traicionado, ese fue nuestro tácito acuerdo, nosotros le traicionaríamos con los Rollings, por mucho que nos apeteciera gritar a dúo help, I need somebody, help.

Ahora que me acuerdo, ni El Huichi ni yo volvimos a ver a nuestra amiga rubiasca y pecosa, la de los besos salados y el uniforme de las monjas: quizá porque destinaran a su padre, quizás porque ella sólo tenía trece años y nunca fue la reina de la belleza, quizás porque la amaba y yo quería ser un perdedor que hubiera perdido a alguien cercano, como en aquella canción de Lennon que ya no volví a escuchar nunca. Pero seguimos frecuentando a Gregorio, hasta que le mató una tormenta, diez años más tarde, en esa misma bahía que cualquiera creería que es una balsa de aceite. El Huichi estaba haciendo la mili y yo le llevé unas flores con una leyenda en la que podía leerse: “Tus amigos de Cabo Jubi no te olvidan”. Esa fue la última aparición de la banda del club de los corazones solitarios.

El día que se casó John Lennon, yo perdí la inocencia. Papá vino a buscarme, con el semblante turbio y humillado. No dijo ni pío hasta que volvimos a casa. Fue ahí cuando me pegó el primer guantazo. Pero esa es otra historia.