El verano del Apocalipsis
Y usted, venga empeñarse, mister Peabody, en que su caballo corriese este año en la playa. Y yo venga a decirle que hacía muy mala veta por España, que el horno no estaba para bollos, que cualquier día llegaban los bolcheviques y lo mismo se lo expropiaban, que este mes de agosto igual no se corre con tanto ánimo revuelto, que el ambiente está raro como una de esas mañanas de bochorno y de niebla cuando nadie ve nada a medio metro de distancia ya sea por Punta Europa o ya sea por Bajo Guía.
Qué estampa, mister Peabody, qué energía derrochaba Sansón; fuerte como el héroe del que tomó su nombre, qué pelambrera, qué obediente y qué listo, hasta el punto de que nunca supe si yo era suyo o él me pertenecía cuando su porte aristocrático dejaba que le montase como jinete. Ya fuera al paso por el club de polo, o a galope tendido, por las praderas de La Almoraima cuando la berrea del otoño, A mí se me antojaba que guarda los rasgos de cualquier persona, con esa mirada viva que parecía escudriñarte o sincerarse contigo en una de esas noches en donde piafan o relinchan por no se sabe qué causas, como si fuera acabarse el mundo, o como si esperasen traer a su grupa a todo el Apocalipsis.
Y menos mal que me hizo caso y lo embarcamos de Gibraltar a Cádiz, porque las trochas andaban llenas de malandrines y de revolucionarios que usted y la gente de orden desaprobaban desde los confortables butacones del Casino Calpe: los nobles que habían venido huyendo desde Málaga se hacían lenguas de las humillaciones que los rojos inflingían a sus castas, las quemas de iglesias, ya sabe, esa violencia tremenda a la que los izquierdistas llaman desesperación. Aunque si le digo mi verdad, no se si hubiéramos hecho mejor tomar por tierra y ahorrarle al animalito aquel calvario, con tanto oleaje a pesar del tórrido verano pero con el levante zarandeando el buque no más doblar Punta Carnero y entrar en mar abierto. Pero ni aún así Sansón apeaba su actitud enérgica, como si fuera el capitán o el timonel de la nave, a pesar de la lúgubre bodega y de las camballás que iba dando aquel cascarón de nuez hasta que enfilamos el faro de las Puercas: “Te lo llevas un mes antes, lo menos –eso me dijo usted--. Que quiero que se familiarice con la playa de Sanlúcar, hasta que trote por ella como si fuera un caballo de paso peruano y aparte la arena como si tuviera escobillas en vez de patas. Que no esté cansado ni le pese un viaje. Que el primer premio quiero traérmelo este año al Peñón, si es que está de Dios”. Y no lo estuvo. No pudo ser, no pudo ser, mister Peabody, pues nada más bajar al muelle ya estaban sonando los tiros.
Yo estaba ensillando al tordo cuando escuché las voces y aquellos golpes secos, como testarazos. Eran disparos. Yo ya los había oído ocho años antes, cuando anduve en regulares persiguiendo a Abd-el-Krim. La cicatriz que tengo en el brazo me la causó el trallazo de pólvora de una espingarda. En Cádiz, que yo siempre asociado con el misterio del carnaval y la alegría de las juergas, se mascaba antes bien la ira y el miedo; qué mal barrunto, qué desconcierto, que jindama, que hasta el noble bruto alzó las orejas y me miró como si me preguntase qué estaba pasando. Estiraba su cuello arqueado por ventear por donde sonaban los tiros: por la parte del Gobierno Civil, me dijeron, que los leales a la República defendían el edificio contra un sinfín de militares fascistas. Yo tenía mis simpatías, como usted, puestas en la Falange, porque la familia de José Antonio era de Jerez y suponía que por ello tenía que amar a los caballos tanto como yo, tanto como usted, mister Peabody, que también simpatizaba con el fascismo porque era lo único que separaba a su taza de té de la toma del Palacio de Invierno. Así que, para qué engañarme, me alegré y mucho. De que volviera a reir la primavera, como dice su himno, de que regresaran los buenos tiempos, las cosas como son, las grandes monterías y el siempre hubo clases. Se lo estuve diciendo a Sansón mientras iba limpiando su dorso musculado, secando sus patas, cepillando su pelo y acariciando aquella cabeza hermosa y mestiza que usted me dijo una vez que llevaba sangre romana, bereber y árabe, pero que yo mimaba como si llevara en realidad mi propia sangre.
-- ¿Qué se creerá esa chusma? –solía preguntarse usted--. La canalla confunde la democracia con la vulgaridad. Está bien votar a los gobiernos, siempre y cuando los gobiernos satisfagan nuestras expectativas. Pero de ahí a desperdiciar la belleza va un largo trecho. ¿Qué sería de Sansón en manos de la turba? Este es un caballo para presumir, no para trabajar.
De dónde iban a sacar esos destripaterrones el dinero para el forraje, las veinte libras diarias de heno, más otras doce de grano y de fibra convenientemente concentradas. Hasta que fue un garañón, vivió suelto por el campo. Sansón era elegante como un dandy, pulcro como un médico, valiente como un torero. Más de una vez había tenido que frenarle en las dehesas de Larios cuando porfiaba con los bravos. La crin era larga como la cabellera de una mujer, resplandeciente tal que si alguien le hubiera echado brillantina y su pecho era amplio como si acostumbrase a nadar.
Yo juré hace mucho que no volvería a pasar hambre, como cuando daba miedo salir a la calle a principios de siglo, Mr. Peabody, porque entonces lo único que se mascaba era el odio, la falta de trabajo o de recursos, como en casa de mis padres, donde sólo había sol y moscas, junto con una mala baba que no hacía presumir más que aquella larga riada de injusticia y fanatismo, más que aquella cascada de dolor y de rabia, de muertes cuya revancha se juraba haciendo una cruz con los dedos aunque ya nadie creyese en casi nada o en casi nadie. Usted y los suyos, Mr. Peabody, opinan que nunca estuvo España tan a punto de una pesadilla: pero nosotros no habíamos salido jamás de aquel mal sueño que nos atribulaba desde hacía siglos, campesinos y obreros, gente de mal andar y peor vivir, supervivientes de una historia que se cocía a nuestras espaldas y de la que uno buscaba escapar como si un incendio amenazara con quemarle.
Mi escapada era aquel maravilloso caballo que usted puso entre mis manos, y eso tengo que agradecerle. Mientras viva, tendré que hacerlo. Cinco años tenía Sansón. Su gris iba mudando a blanco, como si él también luciera canas, como yo y como usted, Mr. Peabody. Y perfectamente domado, hasta el punto de que no llegaba a parecerlo del todo, sino que conservaba un cierto ademán de rebeldía que le imprimía aún más carácter si cabe. La gente daba un Potosí por un negro o por un castaño, pero a usted y a mí nos gustaba este animal, a qué engañarnos. “El buen caballo no tiene color”, solía decirme usted, ¿o ya no se acuerda, Mr. Peabody, o las malas noticias procedentes de este lado de la frontera le han dejado ya no sólo sin esperanza sino sin voz?
“A diferencia de los demás caballos, que poseen siete vértebras, el pura sangre español tiene solamente cinco –me había dicho mi padre cuando me enseñó este oficio-. Esto hace que sea más corto que los demás, pero a la vez, que posea más facilidad a la hora de maniobrar. Pero no te fíes nunca y le des el mismo trato a cualquier caballo. Con independencia de la raza, cada uno de ellos tiene un carácter y se merece una atención distinta”.
Me lo digo cada vez que le limpio los cascos. Lo hago a diario, para evitar que padezca el hormiguillo o cualquier otro de esos males que pueden dar al traste con el mejor animal o con la mejor camada. Sansón tenía el porte de un semental, las hechuras de un fin de época, el talento que yo le intuí desde muy pronto en la doma y en sus entrenamientos. Me lo decía conforme le cepillaba, durante no menos de media hora, sin prisa pero sin pausa, con la convicción de que cuanto más lo hiciera más lindo iba a ponerse, como uno de esos guapos que todavía suelen verse por las tabernas a punto de tirar de navaja o con el barrunto de la pasión hinchándole los bofes. ¿Cuánto tiempo llevo trabajando para usted? Desde antes de que saltara la República, Mr. Peabody, cuando vine de Marruecos con una mano delante y otra detrás, cuando yo ya había descartado cualquier otro sueño que no fuese ver entrar el primero en la meta a Sansón o a su padre, Santiago, tan blanco como el caballo del apóstol. Este otro nació entre mis brazos, podría decirse. Aún le recuerdo de potro, zangolotino como un adolescente larguirucho y delicado como una damisela de buena familia: había que cambiarle la viruta de la caballeriza una vez por semana, no fuera a molestarse el señorito. Un año me costó entrenarlo, pero no fue un pulso sino un diálogo, hasta que logré que ejecutara el paso español o ese otro más corto y tan difícil de aprender, al que los finolis llaman piaffer o algo así. Pero lo mismo se quedaba suspendido en el aire como que hacía los pasos laterales, tal que si bailase uno de esos complicados pasodobles de moda.
Y si bien hay caballos que sólo sirven para una función o para un recorrido, este valía igual para las carreras en plano, las de campo traviesa, las carreras parejeras, las de trote y arnés, y si me apuran, las de vallas, a pesar de lo joven que era “Sansón”, a poco que los ingleses me dejaran saltar unos setos con él en cualquier pista. ¿O cómo brincaba usted con él en las monterías de la Royal Calpe Hunt? Que a mí siempre me parecieron un desperdicio, ya se lo dije. Ese caballo era mucho caballo para perseguir zorros por barrancos y desfiladeros, a pique de desgraciarle una pata pero usted, dale que dale, terco como una mula, o como un inglés, que viene a ser lo mismo, mister Peabody.

Al puerto de Cádiz, habíamos llegado el sábado, ya era domingo y mientras sujetaba a “Sansón” por las bridas, anduve los pasos para indagar cómo llevarlo hasta el otro extremo de la Bahía. Pero nadie parecía tener tiempo para preguntas y respuestas triviales: todo era un correveidile de grandes noticias, entre rumores y macutazos; que si el general Varela había salido y entrado del Castillo de Santa Catalina como Pedro por su casa, que si el gobernador militar López Pinto había publicado un bando de guerra, que si se prohibían las huelgas, se censuraba la prensa y el Ejército tomaba el mando. Que si ardían la tienda de tejidos de los González en la Plaza de la Catedral, la antigua Casa Valiente, El Louvre y La Balear, o las iglesias de San José y Las Descalzas, que si dos concejales republicanos habían llamado a la resistencia desde Radio Cádiz. Pero parecía que aquello no fuese conmigo. Ni con “Sansón”, por supuesto, que harto de salitre y brea ya andaba como un cascabel pensando en galopar. Y eso hicimos: aquello, todo lo más, vendría ser una sanjurjada sin pies ni cabeza, una de esas algaradas que meten bulla y aspavientos en el corazón de los españoles, porque yo no se si los ingleses como usted nos entienden, porque tienen dinero, monarquía y democracia desde hace mucho. A nosotros, la monarquía no nos fue bien nunca, la democracia apenas la hemos conocido y el dinero casi siempre es cosa de otros. Así que nos solemos entretener en hacer la guerra o en hacer la revolución. O un albur y otro al mismo tiempo, porque no es fácil vivir sin esperanzas, porque nadie en su sano juicio querría ver pasar los años como si no fueran con uno, o ver como transcurre la vida desde esa condición de lacayos, miserables como ratas, sin el más mínimo atisbo de que vaya a producirse el menor cambio en nuestro derredor durante el resto del día, durante el resto del siglo, durante el resto del tiempo.

Algo se fraguaba más allá del recinto portuario y yo sentía tanto canguelo de enterarme como de no enterarme sobre lo que se estaba cociendo afuera. Así que piqué espuelas y salimos de los muelles hacia el barrio de Santa María, pero la primera barricada en llamas me hizo tirar hacia la parte del Ayuntamiento, donde las hordas marxistas estuvieron resistiendo un cierto tiempo, y me lancé luego al trote por la calle Pelota hasta Arbolí, donde quedaba algún mosquete en la Casa del Pueblo, a un tiro de piedra del edificio de Correos, donde se apostaban a la defensiva unos guardias de Asalto. Me refugié en la única taberna que encontré abierta, hasta que comprobamos como un regimiento entró a saco en Correos y redujeron a sus defensores con tanta saña y contundencia que ya ahí empecé a maliciar que esta vez iba en serio y que la Virgen de Africa me ampare, yo iba a volver a ver cara a cara la muerte que creía olvidada para siempre en el Llano Amarillo.

Medio centenar de falangistas con camisas azules y brazaletes rojinegros, llevaban cananas, correajes vistosos, fusiles y pistolones. La comitiva iba y venía por las incumbencias de aquella urbe con regusto a siglo XVIII, como si la Carrera de Indias siguiera cruzando cargada de oro o de especias las aguas del Atlántico. Ya no me parecieron tan simpáticos, mister Peabody. Tenían los ojos inyectados en sangre y no me resultaron tan dulces aunque contundentes como la voz de Primo de Rivera en los mitines que yo le había oído, sino que era una simple partida de ricachones o gente con apariencia de serlo, dispuesta a sospechar de cualquiera que como yo tuviese callos en las manos. Ellos y los boinas rojas apaciguaron la ciudad en las horas siguientes. O, mejor dicho, la convirtieron en un largo cementerio, que es una extraña metáfora de la paz. Lo hicieron concienzudamente, mientras regalaban tiros de gracia a los heridos en combate o ejecutaban sin juicio alguno a quienes se iban rindiendo poco a poco. Cádiz era un paisaje de ventanucos cerrados, por donde las brigadas azules iban cantando arriba España sin que nadie corease sus gritos ni les plantase cara. Yo estaba cagado de miedo, si me perdona la expresión, Mr. Peabody. Sansón y yo habíamos logrado acomodo en el establo de una posada, junto a un sinfín de animales y personas que parecía cortado por el mismo patrón, el del pánico absoluto, el del temor religioso a lo que pudiera ir ocurriendo conforme avanzara la sublevación. Los tiros sonaban entonces por la parte del Gobierno Civil, donde mandaba un tal Mariano Zapico, pero su resistencia fue inútil. Más allá de los guardias de asalto y los carabineros de la Guardia Civil, los elementos del Frente Popular, las juventudes marxistas, los del sindicato, apenas constituían un batallón de desesperados, en el que tampoco faltaban las mujeres y los niños, cuya evacuación terminó por autorizar Varela cuando también aceptó que salieran los heridos. Pero los ejecutaron a todos unas semanas más tarde, por más que apenas hubo un muerto entonces y yo, durante cierto intervalo, casi recobré la confianza en que habría de volver el orden y las buenas costumbres. Cuando al día siguiente se nombró una Comisión Gestora Municipal, yo pensé que la guerra había terminado tan rápidamente como empezó y que tendría libre el camino hacia Sanlúcar; pero preferí esperar a que se apaciguaran las aguas, tal como le interesé mediante el cable que le puse entonces y que usted respondió al punto: “Lo más importante, en todo momento, será la integridad de Sansón. Proceda usted pues como a ello convenga”. Que qué bien habla y escribe usted en mi lengua; mejor que yo, Mr. Peabody, que se nota lo de su madre española y el colegio de los Jesuitas, la esmerada educación y el buen trato con que gusta codearse con las clases subalternas.

Pero lo cierto es que nadie sabía qué iba a ocurrir con las carreras de la playa, a aquellas alturas del calendario. Aunque algún que otro año, habían faltado a su cita, las pruebas se remontaban al año 45, casi un siglo antes, aunque desde muy atrás echaban a correr a las caballerías cargadas de pescado desde la desembocadura del río, hasta los mercados o al Barrio Alto de la ciudad. Luego, empezarían a correr al estilo inglés dos mangas sobre la distancia de 3.000 varas, que era lo establecido hasta ahora, como usted bien sabe. Yo tenía tantas ganas como usted de que “Sansón” se midiera con otros purasangre, por muy ingleses que fueran, hasta convertirlo en el caballo a batir de esa temporada. Hay quien dice que la raza lo es todo, pero yo creo que no, que así el mundo siempre estaría en manos de las mismas familias y de los mismos imperios, y de cuando en cuando cambia, aunque sea para que nada cambie completamente.

“Sansón” gozaba de velocidad, fuerza y vigor. Corría con la crin al viento y el vendaval parecía llevarlo en realidad por dentro y salirle por los bofes. Corría, se estiraba, volvía a estirarse, más aún, hasta que se perdía en una nube de polvo y contraluces. No tenía freno, ni cepo ni bocado. Había nacido para correr y sólo se resistía al arrastre. Yo no lo veía, en cualquier caso, como caballo de tiro, pero usted lo mismo piensa de otra forma. Sea lo que sea, sepa que tiraba mal, sin coraje, ni bríos, ni gusto. Pero tenía una gana absoluta de correr, desde que venteaba retos o peligros, no más salir al campo o a las calles. El triunfo iba a ser nuestro, a poco de que usted me dejara montarlo y no le diese por presumir delante de sus aristocráticos amigos, mister Peabody, en una de esas carreras de gentlemen, para no profesionales: usted entiende mucho de caballos, pero yo soy como ellos. Esa es la diferencia.

A un caballo, hay que saber medirle los tiempos. Y hay que saber dirigirle, en cuanto se pone nervioso y uno no sabe muy bien hacia donde va a darle el barrunto de enfilar. Yo le atendí en sus cólicos y en sus días felices, mis manos se prolongaban hasta las cerdas del cepillo o le sujetaban la silla como si formasen parte de la cincha. A un caballo, hay que hablarle, aventarle los recuerdos, insuflarle el eco de lo que ha vivido y de lo que le queda más allá de la línea de horizonte. Estoy convencido de que los caballos tienen imaginación y que es bueno estimulársela. Lo mejor es que se sienta libre y que tú sólo seas quien sepa montarlo, que no seas su dueño sino su compañero de cabalgada. Yo me he sentido como un Pegaso montándole, tal que si fuésemos una prolongación recíproca, el uno del otro. Tenía buena boca y era coceador. Más una vez, al escudriñarle los ojos me pareció contemplar extraños mensajes que navegaban en sus pupilas, como botellas de náufrago que tal vez no llegaran nunca a su rumbo.

Así que, como no era cuestión de arriesgar el pellejo de Sansón, decidí ir a comprobar por mi cuenta si había calma chicha o tormenta allá por Sanlúcar, y dejé al caballo en manos de un buhonero de confianza, al que a veces recurrían los Terry para las compraventas de cartujanos. Tuve suerte y un tratante me llevó en su flamante Ford Sedan V8 del 34, que hay ciertos coches en los que a uno se le olvida que no sólo tienen caballos en el motor sino que pareciera que también los tuviesen en el alma. El hombre estaba acojonado con la posibilidad de que anduvieran al salto leales o sediciosos y agradeció la compaña que yo habría de brindarle hasta aquel cercano punto del mapa que, en el fragor de un país en llamas, nos resultaba las antípodas, un confín peligroso y remoto al que adentrarnos a través de una selva de caseríos, iracunda y alzada en armas, un bochorno de furia en donde ya no sabía uno muy bien si era mejor el remedio que la enfermedad, pues los que blasonaban de salvadores de la patria, asentaban dicha reputación en el sacrificio inmediato de quienes no pensaran como ellos.

Por la parte de San Fernando y El Puerto, se oían descargas. Pero en Chipiona daba la sensación de que todo anduviera plácido como una balsa y las niñas bordaban, a la puerta de sus casas, los trajes mates que iban a ponerse en la fiesta de la Virgen de Regla. Con todo, yo confiaba que si Sanlúcar hubiera caído ya en manos de los rebeldes, saldrían fácilmente de sus escondrijos los señores de la Sociedad de Carreras de Caballos, que anduvieron medio ocultos desde la caída del gobierno de la CEDA, por mor de que las izquierdas arramblaran con sus vidas y sus pertenencias, sus abrigos y pamelas, los chaqués, las chisteras, las pedrerías de varias generaciones de avaricia y explotación del prójimo. No hubo tal, entonces, pues los frentepopulistas les respetaron pero, ahora, ellos o sus cachorros serían quienes estarían arramblando con propiedades o existencias ajenas. Tras un par de horas de conducción y superados varios controles del Ejército, tuvimos que esperar a la entrada de Sanlúcar a que el tabor de regulares marroquíes allanara a tiros la entrada al pueblo. El día 21 creo que era y, a más de un kilómetro de distancia, escuchamos la balacera. Tardaron dos o tres horas en darnos paso. La calle Ganado era una tumba; los moros salían del número 27 y se veía como colgaban unos cuantos cadáveres del alfeizar de la azotea vecina, como si fueran guiñapos empapados en sangre.

En el barullo, reconocí al capitán González, que no era más que sargento cuando yo vestía uniforme al otro lado del Estrecho: “Esto ha sido una masacre, Civantos –me espetó tal que si no nos viéramos desde el día anterior--. Les disparaban desde la casa de al lado y ellos entraron a saco en la de unos chipioneros que lo único que pudieron hacer fue esconderse detrás de la estufa o detrás de los animales. Se han cargado a un viejo, a una mujer y a un niño. A dieciocho testigos y a una vaca –y me pareció extraño entonces aquel raro afecto con el que había mentado al mamífero--. Esto me da un mal barrunto, Civantos. A lo peor no llevamos tanta razón como a mí me parecía. O a lo mejor, la razón no la tiene nadie y se gana o se pierde conforme actuemos”, sentenció metafísico.

- Yo, de usted, me olvidaría de las carreras –añadió--. Y pondría a salvo a su caballo antes de que lo requisen. Nuestros ejércitos necesitan semovientes y cualquier cabalgadura será buena para conquistar España a no más tardar. Madrid está ya a punto de caer, según mis noticias.

En aquel momento y viéndole tan atribulado, mister Peabody, ya no creía reconocer a aquel joven oficial ambicioso al que yo había tratado años antes por los riscos del Rif. Pero daba la sensación de que él tomaba cierta distancia respecto a sus compañeros de filas. Hablaba del Ejército como si fuera otro Ejército. O de que Madrid fuera a caer por arte de birlibirloque y no por abundantes compañías de rebeldes como la que él mismo encabezaba y que ya estaban extendiendo la mancha de aceite de la guerra a lo largo del país: “Si me permite la confianza, Civantos, yo no creo que el miedo sea la mejor receta para inculcar la disciplina. La autoridad debe ser generosa para que sea aceptada por quienes deben obedecerla. Con el miedo, sólo lograremos rencor y ganas de venganza”.

- Estamos ejecutando a todo bicho viviente, Civantos –confesó--. Yo he intentado impedirlo, pero he recibido presiones de abajo y contraordenes de arriba. Yo estoy acostumbrado a luchar contra soldados, no contra civiles. Y los registros del cementerio se están llenando de ejecutados cuya muerte se imputa a simples heridas por armas de fuego. Como si no hubiera disparado nadie. Como si les hubiese alcanzado una bala perdida. Como si cruzaran por la calle y un tiro les saliese al encuentro y les abrazara como si fuera un pariente lejano.

No había visto hasta entonces a un hombre tan apesadumbrado como el capitán González. Pero desde entonces hasta hoy he visto a muchos más: abrumados por una rara y espesa culpa, como si se sintieran traicioneros de sí mismo por el simple hecho de sobrevivir a tal espanto.

No fue mejor la vuelta a lomos de un camión de pescado: intenté no fijarme demasiado en los cadáveres que veíamos a la falda de la tapia de los cementerios, o en las cunetas. Cuando llegué a Cádiz, me apresuré a reencontrarme con “Sansón”, con un raro presentimiento lamiéndome los talones: el caballo estaba bien y el buhonero exigió su paga. Con lo que usted me adelantó, Mister Peabody, apalabré la cuadra por un mes cumplido y esperé a que los malos vientos se templaran.

Pero todavía fue peor cuando los republicanos bombardearon la ciudad y, a cambio, no tardaron en llegar las represalias. Nunca hubo motivo sobrado para tal carnicería, pero a partir de entonces, mucho menos. Cualquier excusa, por baladí que fuese, servía para dar la orden de fuego y el resquiatcat in pacem: zapateros a los que se imputaba la distribución de pasquines leales al Gobierno republicano, esperantistas que daban clases en los ateneos libertarios, un alpargatero rubio que se las daba de comunista, un oficial de Hacienda al que se le imputaba el haber hospedado en su casa a Largo Caballero, durante su última visita a la capital. Confiterías, vendedores de patatas, cuartos trasteros. Nada quedaba a salvo de los chivatazos ni de las pesquisas.

Agosto fue un mes de juicios sumarísimos y sentencias de muerte. La ciudad entera olía a mortuorio. Y las delaciones se sucedían: una simple hoja de papel en la que se anotaba un nombre, un escondite y un supuesto delito que no creo que lo fuese tanto, servían para que una partida de la Falange o del Ejército sacara de paseo al más pintado. Las familias de los muertos se quedaban sin un duro y tenían incluso problemas para encontrar dinero con que pagar el ataúd.

Todo esto es muy extraño y yo no entiendo nada. Se suponía que esta gente se había levantado para restablecer el orden y lo único que estaba imponiendo era el terror. Ya entonces sentía, mucho antes de los extraordinarios acontecimientos que siguieron y que me provocaron esta profunda desazón, esta desconfianza hacia quienes yo tenía hasta ese instante como que eran los nuestros y que ya creo sin embargo que sólo son del demonio; que si Dios existe, creo yo que el diablo existe también, aunque no me atreva a decirlo en alto por si resulta un motivo suficiente para ajusticiarme. Ya a esas alturas del calendario habían cerrado las Puertas de Tierra y sólo se podía salir con un salvoconducto, así que la gente se refugiaba en los glacis, que así le llaman a unas cuevas que hay por allí, o en los bloques del Campo del Sur, o zarpaban al anochecer en faluchos que a menudo eran interceptados por las autoridades de marina y devueltos al paredón. Cádiz era una cárcel y yo estaba dentro.

Hasta las putas no las tenían todas consigo. Los falangistas habían rapado a unas cuantas y las pasearon como si fueran mujeres comunistas por las calles del centro, para regocijo de la chiquillería y de todos aquellos que no quisieran pasar por simpatizantes de la República. Yo anduve un par de noches con una a la que llamaban Lola la Francesa, porque era especialista en mamarla según una técnica que se ufanaba de haber aprendido en París cuando fue amante –decía-- de un ministro de León Blum. Nada más oír el más mínimo ruido por los pasillos, se distraía y yo con ella, y no había forma de que llegásemos a nada: “Si quieres, no te cobro. Lo mismo da –me dijo--. Con tu compañía me sobra, pues no son buenos tiempos para andar sola por las noches”.

A mí mismo, me daba escalofríos cruzar por el Casino Gaditano, por el Aeroclub o el Comedor Vasco de la calle Ancha: allí sentaron sus reales los falangistas y cada día pasaban revista a las listas de las delaciones, determinando quien de entre los detenidos de a diario debería entresacarse para subirlo a la lechera y darle matarile junto a las murallas o en las canteras de Puerto Real. No en balde y a pesar del miedo, los gaditanos bautizaron a aquellos lugares, ya tan siniestros, con el sobrecogedor apelativo de “El tribunal de la sangre”. Allí mandaban matar desde un practicante a un médico, desde un portuario a un humilde oficinista. Pero el peor de todos se llama Purcell. Creo que tiene el grado de sargento, mister Peabody: el tipo entra en las casas, detiene al más pintado y lo mata en plena calle. De día y de noche escuchábamos gritos despavoridos: eran los presos a los que se les sometía a torturas de toda suerte, no ya a la humillación de aceite de ricino para aligerarles el vientre, sino palizas contundentes que les dejaban faltos de extremidades, con las costillas molidas a palos o con la espalda llena de tachuelas y arrancado el cuero cabelludo. Verá que no le exagero lo más mínimo. Verá que me da escalofríos cada vez que me acuerdo lo que me entraba por el cuerpo cuando me cruzaba de improviso con las llamadas Juntas Cívicas, jarcas de asesinos es lo que eran.

Yo sólo encontraba consuelo en “Sansón”. Le mimaba como al hijo que nunca tuve. Le besaba como a la mujer que nunca besé. Aquel caballo era lo más humano que yo pude encontrar en aquellos días, en esa adorable ciudad convertida repentinamente en un infierno. Le hacía las crines, le llevaba del diestro, le encabestraba y desencabestraba maquinalmente, como si en aquella rutina encontrase una vía de escape al horror que percibía en las calles pobladas de generales, capellanes castrenses y asistentes sumisos, con la soldadesca trayendo y llevando órdenes, los teléfonos echando humo y la mirada fija del caballo reguindándose en mis pupilas, como preguntándome qué estaba ocurriendo, qué podíamos hacer, cuál iba a ser nuestro destino.

Caían a manojitos. No menos de un centenar en el mes de agosto, ya fuera por las playas de Puntales y de la Victoria, en las tapias del si-me-entiendes o en las de la Plaza de Toros, pero también en el Castillo de San Sebastián y en Torregorda, en el Caño de la Jarcia o en Pino Gordo. El mismísimo Queipo se presentó en Cádiz para ordenar juicios de urgencia y ejecuciones sumarísimas. Luego, estaban las viudas, los huérfanos, los depurados, los sospechosos. Yo estaba seguro que no tenía la más mínima mancha en mi expediente y como tampoco me conocía nadie entre aquellas casas antiguamente bulliciosas y hoy en silencio, me ahorraba que cualquiera me delatase por revanchas que no viniesen a cuento.

Pero, si le digo mi verdad y en el fondo-fondo, yo no sabía, mister Peabody, a qué carta quedarme. Si me quedaba quieto, me arriesgaba a que cualquier día me detuviesen por masón, por espía o por cualquiera otra ocurrencia que nublase el albedrío de los matones. Y si salía pitando, me arriesgaba a tres cuartos de lo mismo. Y no hay nada peor para un jinete que quedarse quieto. Tampoco hay nada peor para un caballo.

La tarde que “Sansón” salió corriendo, sentí de entrada que él había tomado una decisión por los dos. Salté en su busca pero fue inútil, pues su trote se perdió primero hacia la cuesta de Las Calesas y enfiló al pronto hacia el matadero. Opté por seguirle a pie, confiado en que todo quedara en un extraño y en una simple espantada. Pero unos flamencos me dijeron que habían visto como un caballo blanco se entrometía en una tanda de ejecuciones junto al foso de las Puertas de Tierra: “El sargento Purcell se ha puesto hecho una fiera, hasta el punto de que ha empezado a dispararle a su montura, ha montado su propia caballería y ha empezado a perseguirle como si ese animal fuera Manuel Azaña”.

Aquel testimonio, como podrá colegir, me asustó sobremanera y me costó unas buenas perras gordas que me prestasen un caballo de albarda para al menos aligerar el paso, pero ya iba por la mitad del istmo y lo único que fui encontrando fueron goterones de sangre que lejos de consolarme como una posible pista, acongojaron mi ánimo mucho más de lo que ya estaba. Aquello era un descampado, con una carretera cochambrosa y un reguero de chalecitos repartidos a sus márgenes. A la altura del Hotel Playa, ya supe algo más: “Sansón” estaba herido y Purcell le perseguía en otra montura, pero no lograba darle caza. Yo ya sabía que me iba a ser imposible alcanzarle, a horcajadas sobre aquel saco de huesos que andaba más cerca de la condición de mula que de la de caballo. Así que comencé a maldecir primero por lo bajini y luego con mayor elocuencia, hasta el punto de que me deshacía en patadas contra arbustos y matojos, como si se las estuviera pegando a Purcell, o a los que me estaban haciendo pasar tanta congoja, o a toda España, convertida en un terrible huracán de impunidad y sangre. Así tuvo que verme don Gregorio Font, el dueño o el director de aquel establecimiento, que iba con su familia hacia El Puerto de Santa María en un destartalado Hispano-Suiza y me espetó: “Si quiere, súbase al estribo, que igual encontramos a su caballo por el camino”.

Dicen que en tiempos de los romanos, aquello fueron islas. Ahora, montículos de sal dan forma a una rara avenida luminosa que conduce hacia San Fernando. Allí, dos siglos atrás, murieron los gaditanos que huyeron del maremoto. Y yo temía que fuéramos a morir de nuevo, víctimas de ese otro maremoto en forma de guerra, provocado esta vez por los propios seres humanos. A unos ocho kilómetros, a simple vista, les distinguí. “Sansón” corría por las marismas, a galope tendido, mientras Purcell espoleaba al suyo como si le fuera en ello la vida o la muerte. Como era terreno pantanoso, Font detuvo su auto y me invitó a bajarme: “Hasta aquí, puedo llevarle, amigo –se disculpó--. Si continuáramos, nos hundiríamos todos en el fango”.

Así que seguí a pie, asistiendo a fin de cuentas a una carrera como la que “Sansón” no pudo disputar en la playa de Sanlúcar. Llevaba dos cuerpos de ventaja pero Purcell llevaba una escopeta. Yo iba a pie y ni siquiera el levante iba a ayudarme a elevar el grito, a llevarlo hasta el dedo que ya levantaba el percutor o al otro que ya se hincaba en el gatillo. Mi voz no podía detenerle y probablemente ni siquiera yo lo hubiera podido hacer, de haber llegado a tiempo. Cuando llegué hasta allí, Purcell ya estaba de vuelta, con un machete ensangrentado entre las piernas. Me encañonó con el escopetón y me pidió los papeles:

- ¿Ese burro es suyo? Entiérrelo para que no atraiga a los buitres.

Sobre el estero, la vida y la sangre se le iban escapando a chorros a “Sansón”. Purcell le había arrancado las crines de un tajo.

La vista se le derramaba al caballo, se le ensortijaban los ojos y me pareció atisbar que estaba llorando. Permanecí allí durante horas. Y tardé lo menos un día en darle digna sepultura, porque tuve que ir por un pico y una pala hasta la Casería de Osio. No me costó trabajo que me los prestasen, aunque no se si por compasión o por recelo: unos labriegos me dejaron las herramientas, tal vez maliciando que yo era el deudo de alguno de los fusilados en aquellos días, o que quizá yo formaba parte del pelotón que ahora iba a darles por sepultura alguna fosa común.

He reflexionado mucho en el camino de regreso. En Cádiz, están utilizando un barco como presidio. En Tarifa, me contaron que familias enteras fueron asesinadas por los rebeldes. Y, en Algeciras, pregunté por mi maestro: “¿Don Cayo Salvadores? Se lo cargaron en los primeros días. Sus propios alumnos. Y, luego, desahuciaron a su esposa. Dicen que era masón pero lo cierto es que hace una semana llegó una orden de Queipo de Llano, nombrándole por decreto concejal de Educación”.

Así que yo no se que hará usted, mister Peabody, pero yo me voy de España. Primero, viajaré a Gran Bretaña, pero no creo que me quede allí: ya hubo demasiados días grises a lo largo de mi vida. Y siempre quise conocer América, ¿sabe usted? He oído que en Buenos Aires, también corren sobre caminos arenosos, aunque creo que no hay parejeros. Le dejo mis botas de montar, porque no quiero llevarme ni una brizna de esta tierra. Aquí ya no hay honor, lo que es mucho peor a que no haya caballos especializados en carreras, mister Peabody. Los traidores juzgan por traición a los leales. Nada tiene sentido y quiero pensar que yo ya no tengo bandos, aunque probablemente es que no quiera reconocer que simplemente he cambiado de pensamiento y de trinchera. Lo peor de los sueños es que todos arrastran una pesadilla.

Quédese, si gusta, en el Casino Calpe, tomando té y esperando a que acabe la guerra. Yo creo que esta guerra no va a acabarse nunca. O empezará otra, o la gente se irá matando por gusto, sin que medien declaraciones formales, ni uniformes vistosos ni cornetas de órdenes. “Sansón” se ha librado de conocer un mundo que va a gustarnos mucho menos que el de ayer. Lo que ya es decir, mister Peabody.

Claro que, en Cádiz, en cualquier caso, yo no he asistido a ninguna guerra. Yo he asistido a una serie enorme de asesinatos en cadena. Yo no he visto heroísmo, sino felonía. Y, desde luego, ya no comprendo nada. Puedo entender que los hombres se maten entre sí. Pero no que maltraten así a los caballos.