STAYING ALIVE
Mientras sufríamos la fiebre del sábado noche
y el vídeo mataba a la estrella de la radio,
ya no subía Lucy al cielo por diamantes
y almorzábamos desnudos con jeringas de opio.

Esferas luminosas reinaban en las discos
entre botas de plata y pantalones ceñidos.
Había otro mundo afuera, a la intemperie,
el de los golpes de estado y la justicia imposible.

Bailábamos inviernos, soñábamos delirios,
porque no habría paisaje después de la batalla.
Mi generación murió en los lavabos públicos
en la era de la clase media y de los telediarios.

Amordazaron el placer con el virus del miedo
y el tiempo fue cortándome este traje a medida:
un hombre canoso a punto de cumplir medio siglo,
con demasiados amigos durmiendo en hospitales.

Tuvimos que hacerle caso a Gloria Gaynor
y sobrevivir al hundimiento de nuestra propia Atlántida
cuando barrían canciones y pastillas de éxtasis,
las últimas banderas del último fracaso.

Hoy he visto volver cansado al motero de Qadrophenia
y Toni Manero me ha dicho que no vuelva a llamarle así.
Los jinetes fáciles que fumaban el raro aroma de las flores
ahora consultan cada día las páginas de la Bolsa.


Hace mucho que perdí la cresta y el collar de púas.
La libertad la empeñé por una pulsera de oro,
pero en noches de tormenta vuelvo a vestir mi pasado
y los espejos me juran que lo que fui sigue vivo.

Tres veces negué a Freddy Mercury en vida
y a menudo usé en vano el santo nombre de Madonna,
aunque mi corazón antiguo despierta de su tumba
cuando oye la música que lo hizo invencible.

Por ella resistí al hogar, al tedio, a la oficina,
o acepté de grado un precio por mi alma.
Entraré al paraíso de los viejos rockeros,
colgado de su brazo sin sombra de reproche.

El poder me venció pero nunca me rendí,
seguí siendo un lobo sin querencia o manada,
porque mantuve la fe en unas cuantas ideas
y en que John Lennon murió para expiar mis pecados.