UN TIPO MADURO
Si ungieses tu cuerpo con un dulzor de muchachas
y cerrases la noche con un beso a menudo,
el viento no entraría jadeando en tu alcoba
a entonar los postigos con recuerdos ajenos.

Un tipo maduro: ese es tu linaje.
La mascota, tenue, dando sombra a tu rostro.
Ser hijo de tu tiempo, buscabas hace un mundo:
navegar por la suerte, desenfundar la vida
como un puñal certero, personal e implacable.
Hoy, buscas un empleo leyendo los anuncios.
El fracaso es ese cuarto desnudo,
la bombilla apagada y el espejo roto.

La radio canta que hay gente que triunfa en los teatros,
hablan los banqueros y todo es bonancible,
pero no hay caricias ni quedan cigarrillos,
maldices lentamente al bajar las persianas.

Los años que te restan ya están contratados
por miedos y rutinas: ese fue tu negocio.
Descuelgas el teléfono y llamas al futuro.
“Ese número no existe”, desengaña una voz.