BUENOS DIAS, TRISTEZA
Si no es el tiempo quien desgasta los mejores vestidos
y el invierno no es aquel que calza la sombra a tu semblante.
Si es que viene de antiguo eso que llaman tristeza,
reconoce su porte de pariente lejano,
dale los buenos días y pregúntale cómo
se fijó en tu apariencia, se quedó con tu nombre,
te vio el rostro y se dijo: “Voy a ser tu dueña”.

Si tu hermosura es aún hermosamente joven
y relincha la suerte en el corral de tus años.
Si no falta quien ame tu memoria y costumbres,
y el espejo refleja lo que gustas ver,
¿a qué viene ese gesto, ese valle de lágrimas,
que no respeta siquiera
la casa donde estuvo alojada la dicha
en otro tiempo y lugar, ni la lentitud de la tarde
cayendo como un árbol
desde un bosque frondoso cargado de preguntas?

Aparta de ti ese cáliz amargo,
dale charla, conversa con esa angustia rara,
insinúale que tienes que salir de viaje
que debes hacer la ligera maleta
que te lleve a un avión de horizontes lejanos,
hacia un país donde la magia vigile las fronteras
y la tierna policía de los buenos recuerdos
le impida, desde luego, seguir acompañándote.