ULTIMA FRONTERA
Pasajeros del miedo y capitanes nocturnos
cruzaron esa costa que uno sueña a veces como patria:
la muerte en los faluchos, la niebla en los faros,
un escritor yanqui como una cuba, ahíto,
y una amable joven que tal vez nunca estuvo
junto a mi en los viajes que la pasión emprende.

A un lado, la medina de esquinas turbulentas
y, al otro, oficiales puede que galeses.
Yo nací junto a un río que no existe hace mucho,
a la vera de un puerto donde el dinero es la ley.
Traíñas desguazadas, comerciantes cansados,
la bruma que amanece desfigura los rostros
y dioses distintos se lanzan a la calle,
en búsqueda de alguien que hoy les reconozca.

En Tánger, yo fui otro. En Gibraltar, sentí
que no hay bandera que sirva ni que merezca una muerte.
En Algeciras, estuve riñéndole a mi vida,
renegué de los años, maldije cuanto soy
y me libré a puñetazos de esa oscura memoria
que saca su cuchillo y lo esgrime delante
de un hombre que no sabe qué sentido tiene
soñar con nuevos mundos si no es posible éste.

Me quise forajido de la última frontera,
un vaso de té, una canción suave, mi cárcel fuere,
quizá un cigarrillo compartido al crepúsculo,
en un bar donde aceptase que el mar es el morir.
He aquí el Estrecho, acaricio su mapa.
Un almuédano grita hermosamente, un tipo
alija el contrabando, una muchacha rubia
dice I want you, no sin cierta ternura.
Uno estaba escrito de antemano entre sus casas,
como un barrunto del viento y el ánimo mestizo,
amurado a babor de su melancolía,
fugitivo, proscrito y sin salvoconducto.

Sobre el bajel del tiempo, yo vigilo las olas
y antiguas emociones siguen encalladas
contra el viejo muro de mis propios arrecifes.

Somos ese cadáver que está sobre la arena,
preguntándonos a todos quién es el culpable.