INICIADOS
Al pie de la Kutubiya, en Marrakech la Roja,
quiero contaros que hace mucho tiempo,
Ahmed Nansour me tendió un vaso de cobre
que contenía agua de la ciudad sagrada.
Sonaban los metales colgados de su cuello:
“Aprenderás –me habló—nuestro juego de costumbres,
la canción del almuédano y la oración silente,
pero nunca a beber como mis labios saben”.

Llegué en el expreso para admirar La Menara,
las fiestas nocturnas cuando corren la pólvora.
Embriagué a una gorda que dijo llamarse Fátima
y compré dos alfombras en la cooperativa.
Yo deambulé por el barrio de los andaluces
y aliñé especias que obtuve en la medina.
Probé el te cuyo sabor es la menta
y troté en carricoche hacia las murallas.

Me senté más tarde en el rincón de los barberos.
Desde el mirador del café, confundían los turistas
al encantador de serpientes y a los fakires,
a vendedores de lebrillos con mi propia figura.

Estaba allí mirando hacia el templo de los vaticinios:
era una plaza enorme la del Fin del Mundo.
Harry Adams, el músico, me indicó con el dedo
que apostaba por el boxeador más delgado.
Habían formado un corro en torno a la pelea.
Un bereber retaba a un muchacho enjuto
que colgaba un zarcillo de su oreja izquierda
y medía al adversario con suma cautela.

Fui perdiendo interés por aquel combate
a medida que el joven reducía al contrario
con fintas y artimañas: “Aquí todo vale”,
sonrió Harry Adams, quien pidió ginebra.
Caminaba hacia nosotros, con su húmedo cuero,
Ahmed Nansour, a quien no inquietaba nunca
el curso de la historia ni nada que ocurriese
fuera de su cuerpo o lejos de sus ropas.
Le seguí hacia la torre que domina el desierto
rogándole que aceptara mi humilde pupilaje.
“Quiero ser de los vuestros”, le brindé un billete.
Movió la cabeza, al pie de la Kutubiya.