CRUZAR RIO GRANDE
Desde el mar, las banderas, al viaje invitan.
Cualquier techo, dicen, es una rendición.
Aquel carguero navega al corazón del fiordo
y de un mercante, sobre el muelle, descargan
alfombras de Ispahan, clavo de Las Indias,
licor de Madeira y pieles del Gran Norte.

Hay que huir del miedo, a uña de caballo,
cruzar Río Grande y escribir en Santa Fe
el verbo de un disparo a pólvora mojada.
Hay que ocupar el pescante del peligro
y asaltar, embozado, el correo de la muerte
junto al desfiladero del monte Gurugú.

Pero no tornes, en vida, a una misma ciudad.
El regreso hace trizas al cristal del pasado.
El tiempo no perdona la piel de la avenida
ni el zócalo que cubre a parientes o desvaríos.
Si sabes como llueve sobre los puentes de Praga,
juro que la lluvia no es distinta en Budapest.

Cansado como un perro, al calor de la lumbre,
relatarás los percances de la aventura.
Traerás como regalo lámparas de aceite,
la campaña infame del Viejo de la Montaña
y la cabellera de un gigante isleño
cuyo único ojo se convirtió en volcán…