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PERDIDOS, sin encontrarnos, golpeamos
las vitrinas cada amanecer, como esperando
que esto sólo fuese un mal sueño de marzo,
pero ocurre que en la calle (el ruido
de los tubos de escape, la lluvia que golpea
los telares, las bicicletas) te devuelven
a esta triste geografía de peldaños,
a este oscuro rincón de gin-tonic, colega,
pásame la china. Hay momentos (románticos
momentos), en que aprendes la canción cotidiana
de las calles, las crónicas
alertas de los chapistas, los talleres
de mecánica, las carpinterías. Perdón
por el asfalto, por los futbolines, perdón
por las cafeterías y los parques sucios,
perdón por las avenidas y los hospitales.
(Nosotros hemos nacido aquí, no tenemos
culpa, sólo la grave, la angustia infinita
de sentirnos solos con el mármol y el estuco,
solos con el cristal delgado de los automóviles,
con el dulce temblor de las prostitutas).
En la pálida cinta de las terrazas, se oscurece
un tiempo de carteles luminosos, instantáneos
barriles de nostalgia y aspirinas, vieja ciudad,
vieja puta herida, madre nuestra destrozada.