Los infieles difuntos
Memorias de un canalla VIERNES 1-NOV-2002 OPINION EUROPA SUR/ALG-5
HASTA la muerte nos la están invadiendo, maldito Halloween.
Al otro lado del Estrecho, en aquel país que se llama Marruecos y con el que aunque no mantengamos relaciones diplomáticas nuestra memoria guarda una relación histórica, no hay calabazas iluminadas ni niñatos vestidos de bruja, de fantasma o de Freddy Kruger, proponiendo "truco o trato" a la puerta de casa.
Allí, donde brinca el Rif y se amansa Ketama, entre las callejuelas azul cielo de Xauen o junto al viejo cinema de la calle Chinguiti de Larache, corre la leyenda de que, durante la madrugada, vuelven los espíritus a las casas que añoran y hay que prepararles un cirio encendido para que no se pierdan en los meandros de la noche. Bajo el chisporroteo de la luminaria, un cazo de leche para alimentarles. Y un paño mojado para enjugar su sudor.
¿Cuántas velas, cuántos tazones, cuántos guiñapos húmedos harán falta para calmar la huida noctámbula de las almas en pena del Estrecho? Mañana, día de los difuntos, la gente que les quiere y aunque no les conozca, se juntará en el cementerio de Tarifa para intentar recordarles aunque ignoren su rostro; para repetir su nombre aunque no lo sepan; para relatar su historia, aunque sólo sean sombras desvaídas, intuiciones supuestas, el relato del hambre de pan, de futuro o de sabiduría que les impulsa al norte como una maldición fatal.
La Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía lleva años pretendiendo identificarles, asomarse a sus caras sin vida y mostrarlas al otro lado del mar, donde puede que haya viejos parientes que todavía aventen la pavesa de su recuerdo y piensen que, más temprano que tarde, volverán en una enorme furgoneta Peugeot, cargada de chatarra y bicicletas, o un pisito en la periferia de París.Las autoridades, dicen, no colaboran.
Quizá porque si los gobiernos rara vez se ocupan de los vivos, difícilmente van a ocuparse de los fieles o de los infieles difuntos.
Prefieren convertirles en números, en simples accidentes en la autopista de la globalización, despojarles del disco duro de lo que fueron quizá para que su fantasma vague sin rumbo a la busca de una luz en la noche, junto a la que saciar su sed y limpiar su frente.
Sería terrible que la gente supiera que son como nosotros aunque sin derecho a Tosantos, que en ellos alentaban sueños parejos a los nuestros, que alguien les había besado tiernamente las mejillas y que antes de zarpar enviaron una larga carta a casa, escrita en el rotundo idioma de la supervivencia. Si todo esto se supiese, si alguna vez rememoráramos todo aquello que fuimos mucho antes de que el imperio nos invadiese el patético Irak de nuestras costumbres y bolsillos, habríamos acudido a la despensa y preparado un cacharro de barro al que convertiríamos en una balsa de aceite sobre la que encender mariposas, como un faro en la penumbra para aquellos que no pudieron vislumbrarlo en la mar.


Juan José Tellez Rubio