Mensaje en una botella
Querido Said, hermano mío, donde quiera que estés. No se si todavía corres por los vericuetos de Fes, por ese laberinto de calles con olor a hierbabuena, a cuero o a miseria. Cuando te dejé, lahla trabajaba. Mamá trabajaba en casa y trabajaba afuera. Sus ojos tristes, hundidos, trabajaban por Driss y trabajaban por Fátima y por el pequeño Alí, que no levantaba un palmo cuando yo me fui. Y papá, papá estaba en el cafetín, con la vista perdida en cuando era joven o cuando era capaz de mover un dedo para algo más que no sea empacharse de té, de griffa y de sueños perdidos, en cualquier esquina de un tiempo sin futuro. Llevo nueve años en Europa y ni siquiera sé si es que tú seguiste mis pasos y trepaste a la grupa de un camión de hortalizas, para cruzar, Alá es grande, a esta orilla del paraíso. Hazlo si quieres, pero no creas en las palabras de los que vengan a prometerte riquezas sin cuento, mansiones y grandes coches como los que, cada verano, traía el primo Ahmed desde Francia, cargados de bicicletas y cachivaches. Ahora sé que alquilaba aquellos mercedes, peugeots y bemeuves para que todos pensáramos que era algo más que un don nadie en París.

Cuando llegué a Algeciras, salté del camión, pero me descubrieron los guardias, me dieron una manta y un vaso de leche. Yo creía que me iban a llevar a una cárcel: fue peor porque me llevaron a un colegio. Y yo no quería un colegio, sino que yo buscaba un empleo. Yo ansiaba ser un hombre que volviera a casa con dinero suficiente para que tú y tus hermanos acudieran a colegios como aquel en el que yo no quería sin embargo estar. Allí, me trataron bien pero duré poco. Cuando me escapé, había aprendido a decir en español cuatro palabras básicas: “Tengo hambre, quiero trabajo”. Conocí los plásticos de El Ejido y los campos de Murcia. También el odio hecho ley o bate de béisbol. En Italia, hay patrullas que persiguen a los pobres y protegen a los ricos. En Bruselas, se pronuncian grandes discursos pero en las urnas gana el voto del miedo.

Me lo dijo Cristina, la nigeriana. Ella se salvó pero quince pasajeros de su misma nave, quedaron atrapados para siempre en los arrecifes de la mala suerte, dando de comer a los peces pero alimentando al mismo tiempo las ilusiones de alguien como tú, que pensarás que no tiene por qué ocurrirte lo mismo pero quizá sea posible que eso mismo te ocurra, Alá no lo quiera, y yo no podré decirle a nadie, querido Saíd, cómo te echo de menos. A los inmigrantes marroquíes, España los devuelve en menos de veinticuatro horas si es que te pillan en la costa andaluza. A los que vienen de países más al sur del Sáhara, los echan pero no los echan. Les dan un papel para que se vayan en cuarenta días pero se quedan para convertirse en fugitivos, en esclavos o en delincuentes.

Querido Said, yo hace mucho que perdí el camino de regreso a casa. Ahora vivo en una ciudad con olor a mar y a dinero. Trabajo para un usurero que siempre parece el mismo usurero. Un patrón ambicioso siempre parece el mismo patrón ambicioso. Salgo a la calle con el temor de que la policía me pida los papeles y me devuelva a no se donde. Yo no sé de donde soy, sólo sé que soy más pobre que cuando dejé Fes, porque ya no os tengo junto a mí. Más temprano que tarde, espero que entre todos construyamos un mundo donde las fronteras sólo sean viejos recuerdos en los mapas de la historia. Pero mientras ese día llegue, en un lugar que no entiendo y desde una angustia que no quisiera compartir contigo, te envío esta carta de la única manera que sé, como un mensaje en la botella de este náufrago que tanto te quiere y que tanto te olvida. Ojalá el mar la lleve pronto hasta la bahía de la esperanza. Ojalá llegue a tiempo y que no sea ya demasiado tarde. Querido Saíd, hermano mío, donde quiera que estés.