Todos contra el burka
Encomiable el interés repentino que nos ha dado a todos por liberar a la mujer musulmana. Una buena pregunta: ¿sólo a las musulmanas? Resulta paradójico que muy a menudo aquellos que se muestran reticentes ante las leyes y ministerios de Igualdad son quienes emprenden a menudo gloriosas cruzadas contra cualquier tipo de discriminaciones que afecten a las seguidoras del Corán.

Los mismos sectores sociales y, sobre todo, los mismos portavoces del imaginario conservador, ya sea en la escena política o periodística, que preconizan que no hacen falta cuotas para estimular la participación femenina en las esferas de poder, son quienes debaten con ahínco la postergación de las mahometanas bajo cualquiera de sus ocho velos o pañuelos; sin saber, claro está, que en el Islam coexisten ocho velos o pañuelos de muy distinta historia y significado. Suelen ser aquellos que cargan las tintas sobre las denuncias falsas que algunas mujeres presentan por supuestos casos de maltrato y pasan de puntillas sobre el hecho de que ellas sigan muriendo a manojitos a manos de energúmenos contra los que a veces ni siquiera se atreven a presentar denuncia no vayan a ser que nadie las crea.

Ese ímpetu por liberar sarracenas lleva a menudo a confundir churras con merinas. Por ejemplo, suele asociarse alegremente la ablación con las enseñanzas del profeta cuando en rigor esa deleznable práctica es esencialmente animista, ya se practique en países bajo el signo de la cruz o de la luna creciente.

En la Cataluña de las últimas horas, quizá al rebufo de las elecciones o de la no siempre fácil convivencia entre culturas, prosperan diversas iniciativas contra el burka a partir de las ordenanzas que lo prohíben por parte del Ayuntamiento de Lleida el uso del burka y el niqab en los centros públicos. Ante lo que cabe preguntarse, en primer lugar, ¿tantos burkas hay ya en Cataluña que debe legislarse al respecto?

El presidente del Parlament de Catalunya, Ernest Benach, de Esquerra Republicana, se preguntaba de hecho por qué buscamos problemas donde no los haya: “¿Realmente hay conciencia en Catalunya de que este es un problema que hay en la calle, tenemos conflictos día a día?", se cuestionó Benach, poco después de que el pleno del
Ayuntamiento de Lleida, presidido por el socialista Àngel Ros, acordase prohibir el uso de los velos integrales islámicos. Incluso se habla ya de una iniciativa similar en el Congreso de los Diputados para que la norma rija a escala estatal: "No tengo conciencia de que este sea un problema –insistió--. Quizás llegará el día en que deba legislarse. Entonces ya lo haremos, pero no creo que ahora sea el momento de hacerlo. No
sé si en estos momentos hay que entrar en debates que lo que pueden hacer es
complicar las cosas",

Aunque resulta más frecuente el uso del niqab, que es una indumentaria que cubre todo el cuerpo de la mujer a excepción de los ojos, pocos burkas se ven todavía en España: se trata de una vestimenta ciertamente siniestra y no por su color negro ya que en las diferentes culturas musulmanas el blanco suele ser el símbolo del luto. Ni siquiera los ojos, cubiertos con una suerte de rejilla de tela pueden ser exhibidos en público. En rigor, no se trata de una prenda demasiado frecuente. De hecho, hasta comienzos del siglo XX su uso correspondía a tribus pastunes de Afganistán hasta que, por aquel entonces, la nobleza de Kabul decidió generalizar su uso entre las mujeres pudientes. La burguesía, de inmediato, se apuntó a la inquietante moda. Hoy en día, aunque excepcionalmente pueden verse burkas por las calles de Europa, su uso sigue siendo más frecuente en Afganistán y en los países del Golfo Pérsico.

¿Una costumbre respetable como preconizan algunos cuando resulta harto ridículo ver a las turistas del Golfo que lucen esa cárcel de paño o de seda acompañadas en plena canícula por sus maridos, unos maromos en funcional pantalón corto y chanclas?

Los partidarios de preservar las tradiciones musulmanas entienden que el burka no se trata de una de ellas sino de una interpretación tan peregrina como localizada en un lugar geográfico muy concreto del versículo 33 del capítulo 33 del Corán en el que el Profeta, más bien molesto con la persistencia de los invitados a su cuarta boda, recomendó que le dirigieran la palabra a él y a su desposada a través de una cortina. Tampoco era plenamente islámico el hiyab, esto es, el pañuelo más frecuente entre las mujeres musulmanas del Magreb, que era el mismo pañuelo que lucían nuestras abuelas o las mujeres del sur del mediterráneo para combatir los efectos del viento.

No soy capaz de urdir argumentos a favor del burka, pero al menos me permito una nota a pie de página: desde esta orilla del mundo somos muy aficionados a imponer la democracia por la fuerza, en lugar de evangelizar con el ejemplo y lograr que otros pueblos nos imiten. Así, el burka: mejor que prohibir su uso, ¿no sería mejor una adecuada pedagogía que permitiera a las mujeres que lo usan o vayan a usarlo en el futuro, liberarse del mismo por su propia voluntad y coraje? Es posible que prohibiéndolo directamente allanemos el camino de su liberación, pero también es posible que unos y que otras terminen interpretándolo como la enésima injerencia del mundo occidental sobre sus vidas privadas.

Por su uso tan exiguo en nuestro país, tampoco soy capaz de calibrar qué efectos tendrá su prohibición ni qué efectos tendrá su tolerancia. Sin embargo, ya tenemos claro que existe una larga controversia en el mundo islámico en torno al uso del hiyab, ese pañuelo –que no velo—que lucía la Doña Rogelia de los muñecos de Mari Carmen y que de tarde en tarde hace poner el grito en el cielo a algunas asociaciones de padres y direcciones de colegios. Hay una polémica al respecto dentro del feminismo islámico, que aunque a algunos les parezca mentira existe y es cada vez más pujante. Frente a quienes creen que debe erradicarse, hay quienes entienden que su uso hace incluso visibles a las mujeres en parlamentos y otros estamentos de poder que antes les estaban vetados.

En el caso de los colegios, tras los sucesivos ejemplos vividos en este país, caben dos interrogantes. En primer lugar, ¿es mejor prohibir democráticamente el uso del hiyab aunque sea a costa de la escolarización de las afectadas? Y, ¿por qué tan sólo se habla de prohibir el pañuelo islámico en nuestros colegios cuando en España no sólo hay enseñanza pública y privada sino que existe también la concertada, riquísima en símbolos religiosos católicos?

Imponer, a la manera de la legítimamente laica Francia, que no se asista a clase con ningún signo externo que identifique el credo de cada cual sería prácticamente imposible en la España de los maristas, de los salesianos o del Rebaño de María. Y en el caso concreto del hiyab, dudo que su prohibición afectara a otros tocados confesionales, bien fuera la kipá judía o el pañuelo que cubre todavía la cabeza de algunas monjas por las que no parece haber pasado el Concilio Vaticano II. En cualquier caso y visto lo visto, tan contundente medida tendría consecuencias inmediatas que sufrirían precisamente las niñas musulmanas que de grado o por fuerza quisieran seguir llevando dicho complemento. Lo más probable es que sus padres se decidieran, si no pudiesen cambiar de colegio, por dejarlas en casa o que recibieran su educación en el entorno de las medersas, de las mezquitas integristas, que probablemente le impongan de por vida algo peor que un pañuelo.

Claro que los exclusivos defensores de la igualdad de la mujer islámica se pondrían muy contentos de haber contribuido al indudable avance de la historia, mientras en sus ratos libres se muestran críticos ante la ola de matriarcado que vive España y clavan dardos en el rostro, en las costumbres y en la pinta de las ministras de nuestro Gobierno.