Del 'liquirbar' y otras añoranzas
OPINION EUROPA SUR/ALG-5 Memorias de un canalla Juan José Téllez
2001
El "Ailine" cruzaba la Bahía llevando a bordo a Paul Bowles, camino del pan de Pelayo que tanto añoró luego o de las películas mudas que ponían a la falda del Rock Hotel, donde hoy los Alameda Gardens acogen a la silueta benéfica de Molly Bloom, la pretendida cantante gibraltareña que inmortalizó James Joyce.

En las fanfarrias oficiales, suena de nuevo el viejo himno "Gibraltar, español". El próximo martes, en Barcelona, tendrá lugar el previsible reparto de la tarta yanita, entre los colonizadores actuales y los futuros. ¿Tendrá que ver, en la elección del lugar, el hecho de que los británicos confundieran como catalanes a los pescadores genoveses de lo que hoy es Catalan Bay en inglés y La Caleta en español, en la otra cara de La Roca?.

¿Gibraltar, español, cuando ya los españoles no son españoles y los gibraltareños son de Marbella o de Sotogrande?. El mundo ya no es como fue en otro tiempo, ni falta que nace: ya no más Torrijos buscando la libertad que España le negaba al otro lado del istmo; no más don Juan de Borbón huyendo que se las piraba desde el Peñón ante el avance de la Segunda República; no más diez mil fugitivos patrios de la guerra civil, refugiándose al otro lado de la Verja que levantaron los ingleses.

Tampoco ya más, afortunadamente, aquella recua de humildes obreros, a veces en bicicleta, que trajinaban el contrabando como un "mandado" cotidiano entre ambas orillas de esa misma frontera. Ni un niño llamado José Luis Cano, con los calcetines llenos de chocolatinas de contrabando, ni mi abuela siquiera, que compraba en el corazón de la Roca los modestos artículos que luego vendía en la Serranía de Ronda y en Jimera de Líbar. Aquel Gibraltar humillante se acabó para siempre: lo destrozó la industria y la clase media, pero también sindicalistas anarcos como José Netto que se metía martillos en el dobladillo del mono para destrozar la porcelana del water de los ingleses en el Arsenal, en lo que nosotros llamábamos astilleros y en donde había servicios higiénicos diferenciados para los british, los locals y los aliens, que eran aquellos trabajadores de ida y vuelta, que fueron los primeros perjudicados cuando Madrid le declaró la guerra a Londres en 1969, fallaron el tiro y la metralla de la guerra fría estuvo cayendo en el Peñón durante más de trece años de bloqueo a cal y canto; los últimos presos políticos del franquismo, yo creo.
Durante toda mi infancia, creí que las canicas se llamaban "meblis".Que el chicle era "chingua" y que el regaliz se llamaba "liquirbar".A estas alturas de la historia, uno entiende poco de soberanía, sino que sobre todo entiende de recuerdos, remembranzas aisladas, pecios del ADN que encallan para siempre en los arrecifes de la vida cotidiana. ¿Soberanía de qué? ¿No fuimos soberanos de aquella BBC que radiaba en español lo que la censura española silenciaba? ¿No escuchamos a los Beatles antes que nadie? ¿No supimos de Simon Templar "El Santo" antes que Roger Moore sublimara a las cuarentonas españolas de los 60? ¿No comimos Margarina del Pato antes de que existiera el Tulipán?.
Hoy, Gibraltar es Numancia, con su pueblo atrincherado en un nacionalismo enconado que no se corresponde con el tradicional espíritu liberal de los yanitos. Gran Bretaña ha perdido el monóculo y el salacot. Y España sólo sueña con colocar su bandera rojigualda sobre la cumbre caliza del Peñón. Al Palacio de Santa Cruz le convendría recordar que el alpinista César Pérez de Tudela intentó otro tanto, cuando pretendió escalar la inexpugnable cara norte de la Roca: los helicópteros de la Royal Air Force tuvieron que rescatarle, tras quedarse colgado a mitad de camino. Ojalá que Piqué no se las prometa tan felices en la Ciudad Condal porque las baterías flotantes pensaron en conquistar fácilmente el Peñón en el siglo XVIII y terminaron hundidas al primer zambombazo.
Yo no quiero que Gibraltar sea español, sino que alguien me diga donde vendían los estupendos caramelos "tofees" que mi niñez comió y que nunca jamás, como antes, volvieron a visitar mi casa.