Dejad que los niños se acerquen a mí
A quienes no gozamos del don de la fe, que la pederastia sea un pecado a los ojos de la Iglesia Católica no nos incumbe en demasía. Pero está claro que, hoy por hoy, es un delito y quienes incumplen la ley por pensamiento, obra y omisión, se convierten en criminales. O en cómplices. O en encubridores. Y la jerarquía eclesiástica, a distintos niveles y en diferentes países, lo ha venido haciendo de forma reiterada y desde hace mucho.

Ignoro si todo ello es razón suficiente para que caiga un Papa. Pero debería serlo para que se le cayera la cara de vergüenza.

Y aunque no estemos al corriente del Derecho Canónico tengo para mi que no será lo mismo infringir la legalidad vigente salvando a fugitivos del Tercer Reich, como también hizo el Vaticano, que dando amparo y refugio a quien violenta sexualmente a un menor.

Cierto es que no siempre la pederastia fue un delito a los ojos de la ley y a los ojos de la costumbre, pero empezó a serlo desde que empezaron a respetarse el derecho de los menores que debiera importar, digo yo como si las religiones tuvieran lógica, al menos tanto como el de los nasciturus. “Mi vida está en tus manos”, rezan los anuncios de la campaña contra el aborto sobre la que sigue insistiendo la Iglesia Católica a pesar de que la Ley sobre Salud Sexual y Reproductiva ya ha pasado todos los trámites parlamentarios, la ha firmado el Rey sin ser excomulgado ni tener que abdicar por un día como Balduino de Bélgica y no parece probable que el Partido Popular vaya a cumplir la promesa de modificarla cuando llegue a La Moncloa.

En manos de la Iglesia, estaba la vida y la confianza de muchos de aquellos niños violentados por tipos sin escrúpulos que no sólo lucían sotana o tirilla sin quizá merecerlo sino que gozaban de la confianza de su entorno sin hacer merito alguno por conservarla. ¿Tan disparatado es que la Iglesia reconozca que volvió a equivocarse? Al menos, si lo hiciera ahora y pidiera perdón y pasara página, no habrían transcurrido siglos como en el caso de Galileo.

Desconozco en gran medida el comportamiento íntimo de los católicos, pero dudo mucho que dejaran de serlo porque un sacerdote, un fraile o una monja se propasasen ocasionalmente con uno de aquellos niños a quienes el Cristo pedía que se le acercaran para enseñarles que él era el camino, la verdad y la vida: “Quien escandalice a uno de esos pequeños, me escandaliza a mi”, creo recordar que dijo, aunque últimamente no tengo muy leídos los evangelios.

¿A qué temía, por tanto, la jerarquía eclesiástica con su silencio? ¿No hubiera sido mejor la denuncia? A los religiosos a quienes se descubría implicados en casos de pederastia se les solía simplemente trasladar de parroquia, o de colegio, o de país, pero no se les separaba del contacto con otros menores, objeto ya anteriormente de su atracción.

Para ocultar dicho comportamiento, en el fondo, la Iglesia llegaba a poner en peligro por ello la credibilidad de uno de sus principales brazos ideológicos, el de la enseñanza. ¿Cuántos padres habrán desconfiado de que sus hijos hubieran estado en buenas manos cuando descubrieron semejante pastel y se encontraron con que nadie adoptaba medidas para proteger eficazmente a sus hijos y castigar legalmente a quienes hubiere abusado de ellos?

En este debate, hay quien pretende poner en solfa dogmas profundos, convicciones espirituales y aspectos metafísicos que también conforman la historia de los católicos. No hay tal: aquí se trata de una pura y simple canallada que la jerarquía, lejos de reparar, en el fondo ha agravado.

Tampoco se trata de aprovechar este asunto para que los descreídos volvamos a poner en solfa el comportamiento suicida del Vaticano respecto a los preservativos, la lucha contra el Sida o su connivencia con los sectores más retrógrados del mundo y del pensamiento contemporáneo. Hoy no toca poner en solfa la inmaculada concepción de la Virgen María o la autenticidad de la resurrección de Jesús de Nazaret. Ni siquiera cabe cometer la ligereza de relacionar este asunto con la demanda de que el celibato deje de ser un voto obligatorio para quienes optan por el sacerdocio: ¿cuántos pederastas casados o con pareja conocemos en el mundo que la curia llama de los seglares?

Si no cayó ningún Papa por declarar guerras, quemar herejes o coquetear con dictaduras, ¿quién sueña que el Papa Ratzinger vaya a prejubilarse por todo este asunto? Quienes le defienden matando moscas a cañonazos, se equivocan de medio a medio. Con la que está cayendo, no parece posible que nadie vaya a sentarlo en el banquillo de los acusados. Creo que bastaría con un simple acto de contrición por su parte. No se trataría de confesar un pecado, cuestión altísima que a los descreídos no nos incumbe. Bastaría con que, al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios, confesara el delito de encubrimiento y que escribiera cien veces “no volveré a hacerlo”, sobre las paredes de la Basílica de San Pedro, cuya construcción por cierto tampoco resulta una historia demasiado edificante.