El club de los bolsillos tiesos
Es un club selecto donde sólo te admiten si tienes mando en plaza. Ya seas demócrata con pedigrí, periodista de campanillas, reina consorte, empresario postinero o fabricante de golpes de Estado. La selecta militancia del Club Bilderberg tomó la localidad catalana de Sitges durante estos días y lo más inquietante es que no tenemos ni remota idea de lo que han tratado; aunque, sin embargo, presentimos que, más temprano que tarde, nos costará caro.

La policía desplegó sus fuerzas en torno al hotel que les acogía aunque se ignora si se trataba de una maniobra para protegerles de los altermundistas y de la prensa canalla o más bien buscaba proteger a la sociedad en general de esa comandita de aprendices de brujo que de tarde en tarde se juntan para decidir el futuro con la varita mágica del hilo que mueve a las marionetas.

Su negocio es la influencia. Su juguete somos nosotros. Como en esas otras sociedades de intereses que empiezan a sustituir peligrosamente a las sociedades de naciones. La libertad es un paripé cuando las agencias de rating, los sir Francis Drake de los galeones en forma de parqués y los asaltantes de diligencias logran poner de rodillas a los gobiernos.

El Fondo Monetario Internacional piensa. El Banco Mundial ejecuta. El Club Bilderberg observa. Y el resto del planeta, a verlas venir en ese otro club no tan selecto, el de los bolsillos tiesos, la Fundación Beni de Cádiz, esos que no trincan nunca y sufren de gratis las cornadas del hambre y todas las otras.

Mientras tanto, a los funcionarios no les llega la camisa al cuerpo ni el sueldo para pagar un día de huelga. La flexiseguridad se llevará mucho en las pasarelas de moda de los nuevos contratos. Queremos componer el cubo de Kubrick y no nos sale: recortes salariales en el sector público para rebajar el déficit aunque también termine sirviendo para rebajar el consumo. Nuestros dirigentes dicen que quieren meter en vereda por la vía de los impuestos a las grandes fortunas pero por el momento –por algo se empieza, supongo-- tenemos rodeados a los pensionistas. Cuerpo a tierra, que vienen los nuestros. No subamos los impuestos a los más ricos porque lo mismo se asustan los millonetis del Club Bilderberg y deciden reunirse el próximo año en Taiwan.

Los mercados se ponen nerviosos porque Hungría quiere parecerse a Grecia, Alemania parece que se pone incluso contenta al anunciar que despedirá empleados públicos y bienestares sociales, mientras los tories aseguran que la deuda que dejaron los laboristas británicos es mucho mayor que la que rezaba en las anteriores cifras oficiales. Y los conservadores españoles, por supuesto, se niegan a hacerse la foto del tijeretazo con el Gobierno socialista por mucho que se lo supliquen sus correligionarios europeos. Rajoy quiere conquistar la presidencia a cualquier costa. Aunque en vez de un país, termine presidiendo un monte de piedad.

Seguro que en el Club Bilderberg se ha hablado de reforma laboral. Claro, porque a ellos no les afecta. A sus helicópteros y coches blindados no llegan los ajustes técnicos. El día que La Moncloa decida apretar las tuercas sobre la Ley del Patrimonio, lo mismo hacen las maletas y se van a jugar al golf a cualquiera de esos paraísos fiscales donde no existen los estados y veranean las familias de postín.

Aquí seguirán, a pie firme, los que sobrevivieron a la guerra y a la posguerra, los que cruzaron la historia desde las alpargatas a los zapatos gorila, del gasógeno al seiscientos, del movimiento a la movida; los que hicieron la transición con una inflación superior al veinte por ciento, los que creyeron que el piso era suyo y, al final de los años de las vacas gordas, resultó que era del banco correspondiente.

Aquí, seguiremos –como es costumbre—los boquerones perdidos, con la bandera roja de sus cuentas corrientes, con el cinturón sin sitio para más agujeros, los que suben el Alpe d¨Huez una vez al mes y no una vez al año, los que cada vez se parecen más a aquellos otros con los que siempre estuvo García Lorca, con los que no tienen nada y hasta la tranquilidad de la nada se les niega.

Aquí estaremos, en fin, la morralla, los don nadie, la gente corriente, los sufridos electores con cada vez menos ganas de elegir entre Guatemala y Guatepeor; o sease, los que no nos dejan entrar al Club Bilderberg ni por la puerta de servicio.

Y es que está visto que la democracia plena y la soberanía popular con la que tanto quisimos ya sólo existen en el reducto exclusivo de cualquier zona VIP.