La mezquita de la discordia
El proceso para la fundación de la primera gran mezquita de Sevilla de la era contemporánea va camino de convertirse en un via crucis y perdón por la paráfrasis religiosa en tiempo de choque de barbaries y alianza de civilizaciones. A los vecinos del barrio de Los Bermejales se les ha enconado este templo musulmán de la misma manera que a los del barrio de La Pescadería de Almería se les enconó hace años el consulado de Marruecos que se instaló finalmente en la capital indaliana.

La oposición a la construcción de la mezquita ha motivado la populista suspensión de cualquier acuerdo al respecto antes de las presentes municipales. Acusar al honorable vecindario como racista y xenófobo ni da votos ni concita simpatías. Todo este asunto ha revestido aspectos pintorescos, como cuando el solar destinado a dicho recinto, amaneció chorreado por la sangre del sacrificio de un cerdo proscrito por el Corán contra las epidemias de botulismo. Pero ahora, la denuncia del andalucista Agustín Villar que presume la financiación de esta mezquita por parte de Al Qaeda añade un matiz escalofriante: ¿de qué chistera ha sacado las pruebas que vaticinan tal albur? Por lo que se sabe de yihadismo en nuestro país, Al Qaeda no financia mezquitas y sus voceros se limitan a aprovechar las clandestinas que se abren en cualquier garaje y sin control alguno por parte de las autoridades competentes.

Es verdad que la Fundación Mezquita de Sevilla no ha sido lo bastante transparente como para esclarecer la provisión de fondos que necesitará este proyecto. Hay quien supone que serán petrodólares saudíes como los que levantaron las de Marbella o Gibraltar. Claro que algunas asociaciones musulmanes andaluzas también se vieron beneficiadas por Jordania. De momento, sus promotores negaron que los talones vayan a ser firmados por el emir de Sajar que financió la de Granada.

Que se sepa, dicho esto, los chicos de Bin Laden no son nada constructivos. Su negocio más bien es el de las demoliciones y los derribos.