Miguelín, el matador elegante
Era resuelto en la lidia, intrépido en las banderillas y preciso en la muerte.

Ahora que mi viejo amigo Jaime Guerra me pide unas palabras para convocar el necesario homenaje a Miguel Mateo que este año le brinda la peña taurina de Alcalá de los Gazules, se me vienen consecutivamente a la memoria tres imágenes personales de Miguelín. La primera, durante una tarde infantil pegado al televisor junto al que mi padre vitoreaba una hazaña de El Cordobés. Entonces, justo entonces, ambos vimos cruzar por el albero a un tipo bajo un impecable traje chaqueta que se acercaba al toro, le acariciaba la testuz y le llamaba borrego. La segunda, al poco en una tarde de sol y moscas, un mano a mano entre ambos y el tendido de la plaza de Algeciras a rebosar como si hubieran despachado entradas para el duelo del O.K. Corral. La tercera, mucho más tarde, cuando ya declinaba su vida: el diestro y yo compartimos por unos minutos la barra de un bar bohemio y en sus rasgos, en su cabello largo y canoso, se adivinaba que llevaba tras de sí una historia que tal vez mereciera la pena contar. Me cupo el honor de hacerlo tras su muerte y a partir del testimonio de quienes le conocieron. De ahí surgieron las páginas de “Miguelín, fama y persona de un matador”, más que un libro, una pesquisa. En parte, fue como si recompusiera su retrato robot. Y en parte como si fuera recogiendo sus pertenencias de la arena manchada de sangre.

Fue un torero valiente y con mala pata. La pisada de un toro, cuando principiaba su carrera, tal vez le impidió alcanzar las cumbres mayores de la vana gloria del mundo. Pero quizá aquel suceso también construyó su estampa a imagen y semejanza de los antiguos héroes mitológicos: era un sansón sin pelo, un bautista sin cabeza, un dios sin apenas feligreses.

Por lo que cuentan, por lo que se, no sólo era el pater familias, el empresario, aquel galán de “El relicario” y “El momento de la verdad”, o aquel matador que sobreactuaba sentado en una silla para recibir al morlaco de turno. Era también el trepidante rehitelero, el valiente que cortó seis orejas, a más de otros trofeos, a tres toros en la Corrida de la Prensa del año 68 pero, sobre todo, el hombre que siempre se batió en duelo con su propia leyenda personal.

Torero de toreros, la figura de Miguelín retrata un tiempo: fue, en cierta medida, un matador mod, esto es, uno de aquellos rockero bien vestidos de “Qadrophenia”, que fue incapaz de convertir sus faenas en un circo, lo que le hubiera granjeado sin duda mucho más dinero. Su elegancia se lo impidió. Miguel Mateo fue, nada más y nada menos, que un lidiador resuelto, un banderillero intrépido y un matador preciso.

Bueno es, pues, recordarle. Y mejor sería reivindicar su pasión y su temple de una vez por todas, rescatarle de ese justo tiempo de silencio al que uno no sabe bien si lo ha condenado la posteridad, la mala memoria de este país cainita o la españolísima envidia de alguno de sus rivales.