Cuidado con la policía
El paisito de Mario Benedetti tiene una capital enorme como un corazón: Montevideo es un tango con olor a mercado mientras los tambores suenan por barrios cargados de grafitos y con sabor a puerto fluvial.

De allí, vino José “Catusa” Silva, el director de Araca La Cana, esa murga madura que acaba de cumplir cuarenta y cuatro años y que mantiene la tradición centenaria de “La gaditana que se va”, aquella primera agrupación formada por cantantes de zarzuela venidos a menos que salieron a las calles montevideanas a cantar coplas carnavalescas por una limosna con la que comprar el billete de regreso hacia la madre patria tras una ruinosa gira por América. Aquí y ahora, con el abrazo ultramarino de “Araka La Cana” de Juan Carlos Aragón, que viajará hasta allí en Semana Santa, se cierra un viaje sentimental de ida y vuelta. Pero también se rescata algo que Cádiz tenía más que perdido desde hace mucho: el olor a brea, un largo horizonte de norays y velas al viento, la orilla americana de un mismo sueño que a veces se pierde con el pelo de la dehesa del localismo palurdo que tanto gusta y tantos votos brinda.

“Araca la cana” significa “cuidado con la policía” y algunos de los componentes de La Murga Compañera –como también se le llama en Uruguay—conocieron de cerca los excesos policiales durante la dictadura feroz y tenaz que diezmó de cuerpos y cerebros a la tierra de Alfredo Zitarroza, de Cristina Pieri Rossi y de Eduardo Galeano.

Hará un calor de aúpa por los barrios Sur y Palermo, allá por donde habrán desfilado a comienzos de mes las “llamadas” con que los negros que sobrevivieron a la esclavitud colonial interpretan el Candombe, ese ritmo mestizo que convive con el carnaval de los blancos que luego toma el teatro de verano Ramón Collazo para asistir a kilométricas sesiones a veces más largas que las del Gran Teatro Falla y por donde desfilan las murgas, las sociedades de negros y lubolos, los humoristas, los parodistas y las revistas que se empeñan en fusionar al grupo Abba con la estética de Valerio Lazarov.

Montevideo no es Cádiz con más negritos, pero guarda un raro aroma a ciudad amiga, de brazo abierto y de mirada noble. La Tacita del Plata, como alguien la llamó, es como una de esas vecinas humildes de algún barrio nuestro, envuelta en la bata guatiné de la ternura y con las arrugas del dolor escritas sobre el rostro. Tanto allá como aquí hubo desaparecidos: en Cádiz, ocurrió durante los años terribles que siguieron a la guerra, y todavía no hemos encontrado el rastro legal de todos ellos, ni mucho menos sus huesos enterrados en las fosas comunes de la amnesia colectiva. Allá, los milicos secuestraban niños para regalarlos a los pitucos mientras aplicaban la picana a sus padres. Pero un inmenso poeta declaraba que es mejor morirse de dolor que morirse de vergüenza.
Lo veo claro en los ojos de “Catusa”: el carnaval no es más que eso: un largo y hermosamente ruidoso mate que cebamos para distraernos de la tristeza, para romper el silencio y para defender la alegría como una trinchera, defenderla del escándalo y la rutina, de la miseria y los miserables. Está bien lo de Araca La Cana. Pero alguien tendría que explicarle a Catusa que en Cádiz también hay que tener cuidado con los bajancias.