Aquel 14 de abril
Llevábamos puesta la libertad en la solapa, mientras caían las dictaduras y las dictablandas, el vivan las cadenas y los cien mil hijos de San Luis que merecieran ser hijos de otra cosa. Todo iba a ser posible, a partir de entonces: incluso acertar, incluso equivocarnos.

Quizá me falle la memoria pero los días eran más claros aunque fuésemos más pobres y la esperanza era una noticia que corría de boca en boca, que ya rompía la censura y se mascullaba en las canciones. Eran días de besos y de adolescencia, como si España toda, la malherida España, fuese una quinceañera, una debutante en edad de merecer cuando la ternura vistiera su traje de tricolor canesú.

Aquel 14 de abril, desempolvaban las urnas y todas las palabras eran de honor. Incluso daba la sensación de que los intelectuales pensaban y que los ancianos soñaban todavía en vez de lamentarse. La gente digna salía de las cárceles y los indignos salían del país. Los sindicatos exigían salario justo o la tierra para el que la trabaja, entre puños alzados y lágrimas en los ojos. Los muros de las ciudades parecían hechos para ser leídos, entre pintadas que reclamaban amnistía, libertad y corazones cruzados con una flecha.

Por primera vez en mucho tiempo, la incertidumbre no estaba en la orilla de los que no tienen nada y hasta la tranquilidad de la nada se les niega, sino que era un escalofrío que recorría sobre todo los círculos de ganaderos, el selecto club de los empresarios, la cautela pacata de los casinos provincianos donde ya no quedaban hombres que augurasen que volverían los liberales cual torna la cigüeña al campanario.

No íbamos a cometer los errores de antaño, nos prometíamos, mientras el poder ensayaba sus viejos juegos malabares y apostaba con cambiar simplemente algo para que nada cambiase. Desde los muelles de Cádiz a los de Algeciras, desde el predio de Casas Viejas a las cumbres de Grazalema, nadie estaba demasiado seguro del porvenir pero todos sabíamos perfectamente que era inevitable; por mucho que nos mandasen a guardias y a policías para meternos en cintura, o por más que hubiera otra vez ruido de sables en las salas de banderas de los viejos cuarteles.

Tanto tiempo después, desempolvo los tomos de la hemeroteca y nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos: nos veo mucho más audaces que hoy, imaginando nuevas fronteras en mitad de una crisis que también estrangulaba la garganta y el bolsillo del mundo. Las fotos ocres por el paso del tiempo completan el rompecabezas del retrato robot de aquel país: peor vestido que hoy, pero más intrépido; más analfabeto, pero más sabio; con menos que perder y con todo por ganar.

Recuerdo perfectamente aquel 14 de abril de 1977. Al amanecer de aquel día, murió mi padre.