El miedo al vacío de Chano Lobato
Necesita llenar de palabras su espacio vital. Como si sobrara aire o silencio. Como si las voces ahuyentasen la muerte y conjurasen el patio de los callados. Chano Lobato no sólo es un cantaor. Es un contador. De ocurrencias, de memorias, de ficciones.

A Juan siempre le gustaron las películas y los Estados Unidos de Norteamérica. Esto es, aquellas funciones dobles del Cine Gades antes de que le echaran el cierre y por donde a veces asomaba aquel Yul Brinner –que decía que era gitano ruso y que se plantó a verle una vez en el tablao-- o aquella Ava Gardner que, a bordo de un taxi y en la noche de Madrid, le propinó por error un guantazo como si ella fuera Glenn Ford y él Rita Hayworth; o, eso es, aquellos trenes kilométricos que devoraban el mapa de costa a costa, con las trupes flamencas dando bostezos de hambre y de aburrimiento, porque en la lata de conservas con la etiqueta en inglés y en donde se suponía que había un manjar tan sólo iba la salsa con la que condimentarlo. En una de esas, fue cuando descubrió al rat-pack, ya saben, a Frank Sinatra, a Dean Martín, a Sammy Davis Jr. Entre canción y canción, con su eterno smoking en la noche de Las Vegas, ellos se aliviaban bromeando entre sí, narrando sucedidos, chistes y ocurrencias. Así que Chano Lobato decidió convertirse, cuando el aire de la Península todavía olía a habitación cerrada, a terror de Estado y a posguerra chunga, en el primer español que subiera al escenario del Club de la Comedia.

“Cuando yo estuve en Los Angeles, yo vivía en Hollywood, y había una cadena de cabarets y eso lo llevaba Dean Martin, que lo conocí yo en uno de sus cabarets. ¡Más borracho y con una cara de molletoso! Vamos, de los nuestros. La nariz de Dean Martín era la bombilla colorá de una botica de guardia. Hollywood eran mujeres de bandera. Entonces, vi yo que había un número en ese club muy parecido a lo que yo terminé haciendo, lo de alternar los cantes con las gracias”.

No se trataba sólo de aliviarse, que también. Se trataba de ir más allá de la letra de los cantes, con la pasión de arrabal de Gardel y Le Pera, con aroma a churros de tanguillo de carnaval, con el sabor de la guayaba que asomaba por la puerta del bohío en los cantes de ida y vuelta que bautizara como tales su mentor, Antonio Murciano, el poeta de Arcos que le invitó a dejar de estar atrás de las batas de cola y a situarse en primera línea de escenario, como el que estaba llamado a ser el último mohicano de un Cádiz que cada vez existe menos y uno de los mayores intérpretes del compás trimilenario de sus calles.
Se trataba de cantar, pero también se trataba de contar, porque Chano Lobato sabía que los versos de las coplas ocultaban historias que no siempre conocía el oído contemporáneo de la audiencia. Lo de las Mirris, por ejemplo, que habían hecho un camino de tanto ir y venir al penal del Puerto. Lo del penal no se mentaba en aquel cante, pero él sabía a lo que se estaba refiriendo.

Desde Sanlúcar al Puerto
hay un carril
que lo habían hecho las Mirris
de ir y venir
la Mirri chica
la Mirri grande
estaban hechas
de azúcar cande

La cantiña de las Mirris había sido estudiada el propio Antonio Murciano quien probablemente sería quien le desveló el misterio que oculta la aparente inocencia de su letra. Y es que, como también recuerda Manuel Rios Ruiz, quizá la compuso María la Mica, una cantaora de Sanlúcar a la que cita Demófilo en la relación de intérpretes que sigue a su colección de cantes flamencos de 1881. Al parecer las Mirris eran primas suyas y la compuso para que ellas bailasen. Y es que, en el último tercio del siglo XIX, los presos del penal de El Puerto estaban construyendo una carretera entre dicha población y Sanlúcar. Al parecer, ambas eran vendedoras de caramelos y el marido de una de ellas estaba preso y era uno de los forzados que trabajaban en la carretera, a donde ellas llevaban a diario su almuerzo.

Es cierto que Chano nunca pretendió impartir conferencias entre cante y cante, pero en gran medida se trataba de completar lo que iba más allá de aquellos tanguillos con sabor a febrero prohibido, el caldero de los anticuarios donde el temporero de la Catedral hacía poleás los lunes tras lavarse los pies el domingo junto a una plaza dieciochesca que parecía Melilla en el imaginario cachondo de Paco Alba: “Yo, al tanguillo, le he dado el punto ese que yo le doy, pero le doy una especie de majado en el que va más aguajirado, un puntito así y con eso me defiendo, pero el sabor y el aire de Cádiz no se pierde con eso”.

Al contrario, Chano Lobato reinventa Cádiz cada vez que atiborra el silencio de invenciones pícaras, de expresiones gestuales o verbales con las que pretende engolosinar al respetable, seducir a las jovencitas o engatusar a los señoritos, ya sean bodegueros de Jerez, exportadores de pescado o concejales de cultura. En ese afán de Chano Lobato por agradar, fuera y dentro del escenario, por distraer a su concurrencia, sean familiares, amigos o espectadores, reside una de las claves de su arte desmesurado e inconmensurable. Se trata de una nueva declinación del verbo de la supervivencia que inspiró aquella terrible y antigua letra que reza: “Desgraciaíto el que come/el pan por manita ajena,/siempre mirando a la cara/ si la pone mala o buena.

“Al que le de que perdone/ tiro piedras por las calles./ Al que le de, que perdone./ Tengo la cabeza loca/ de tantas cavilaciones”, cantaba tal vez por soleá Chano Lobato, pero a las primeras de cambio terciaba con lo de aquellas japonesas que llevaban un mapa de Cádiz para preguntarle a Chano Lobato donde estaba situada la estatua de María Bastón: “Pues la han puesto allí, en los astilleros”, las engañaba él porque ellas ya estaban engañadas de antemano, convencidas de que era cierto lo de las bulerías de Cádiz, que en el barrio del Balón iban a hacer un monumento y, encima, María Bastón.

Con su galería de anécdotas, de retruécanos y humoradas, Chano Lobato anda llenando el cuarto de los cabales con las greguerías de Gómez de la Serna, con los aerolitos de Carlos Edmundo de Ory pero, sobre todo, con un fino sentido del humor que seguro que tiene que provenir de las puellae gaditanae pero cuyo penúltimo albacea conocido fue Ignacio Espeleta, aquel hermoso borracho que se olvidó la letra de las alegrías y tuvo que improvisar por primera vez el tirititrán en el espectáculo de Las Calles de Cádiz: “La cosa es que Espeleta tenía una borrachera muy grande. Todo el mundo, cuando escuchamos cantar por alegrías ese tirititrán, tirititao, dice ahora que si era una salida de cante, que si era una salida de las alegrías, dicen los flamencos... Bueno, eso fue una borrachera que cogió Espeleta en la compañía que llevaba Ignacio Sánchez Mejías, que era el productor, y que protagonizaba La Argentinita. Eso fue aquí también en la tienda del Mataero, que vinieron artistas de Jerez y de Sevilla también. Entonces, en una de esas borracheras que cogía Espeleta que llegaba al teatro ciego, una fue tan grande que él cantaba Las Calles de Cádiz. Sonaba una guitarra, él estaba de zapatero y aparecían La Malena y la Macarrona, que eran dos bailaoras prodigiosas. Llegaba La Macarrona con su niño, que era Gineto, le cantaba Ignacio por alegrías y ella rompías a bailar. Aquella vez, tenía una borrachera tan grande, tan grande, que Espeleta no veía la zapatería ni nada. Sale La Macarrona, escucha la guitarra, dale que te pego bailando y no tenía letra, no la recordaba. Y como no podía vocalizar ya, tenía que decir lo de ‘llama la atención dos cositas tiene Cádiz...’, soltó lo de torotrontón, titirití, trontontrón. Salió eso y, a partir de ahí, nosotros toda la vida cantando por alegrías lo de tirititrán como comienzo de las cantiñas”.

Era aquel mismo Ignacio Espeleta que le pegaba cosquis en la cabeza al niño Chano para averiguar qué es lo que había comido aquel mediodía; aquel Ignacio Espeleta que tradujo al gaditano “El derecho a la pereza”, de Paul Lafargue, el yerno de Carlos Marx, con la simple respuesta que brindó a Federico García Lorca cuando el poeta le preguntó en qué trabajaba: “¿Trabajar yo? ¡Yo soy de Cádiz!”.

Espeleta fue el primer monarca conocido de una selecta dinastía de reyes de copas, en la que cabe incluir al Cojo Peroche que ante las placas que colgaban en la casa de José María Pemán preguntó si cuando él muriese pondrían algún letrero en su casa y le respondieron que sí, claro: “Se vende”; o a Agustín El Melu que acarreó un tropel de gallinas entre Cádiz y San Fernando antes de contratarse como electricista de la Transmediterránea y declarar que el apagón que sufría el barco en alta mar se debía a un corte en el suministro por parte de la compañía Sevillana de Electricidad.

Y Pericón, por supuesto, el de las mil historias contadas al oído de José Luis Ortiz Nuevo cuando vino de Archidona para hacer la mili. Aquello del pulpo al que chuleaba y le traía relojes de Ceuta escondido entre sus ochos tentáculos. O lo del perro que le delató en la Venta La Palma, señalándole con la pata y ladrando: “Pericón, ratero; Pericón, ratero”.

“De Pericón, recuerdo esa gracia espontánea –me confesaba por la calle Sopranis cuando todavía estaba empedrada--. Espeleta no estaba a mi alcance conocerlo a fondo, porque yo tenía 10 u 11 años cuando él estaba en su cenit. Pero recuerdo de oído todos esos camelos que cuentan de él... Pericón me contaba esas cosas. Otros más, como Perico Añote, me refería las cosas de los flamencos de allí. He crecido escuchando esos argumentos. Yo no los he visto como graciosos. Esa gracia han estado siempre al alcance, esos decires, esas cosas de ángel, se palpaban en la calle”.

Entre todos ellos El Morcilla –Antonio Jiménez, que en paz descanse, al que apodaron así porque a su padre lo apadrinó el torero Hermosilla--, a quien Chano recuerda en un continúo exilio que le llevaba y le traía al puerto de Cádiz, cuando su padre no se atrevía a reconocerlo desde el muelle, no fuera a subir la brigadilla a detenerle a bordo de un barco extranjero como el de “Tatuaje”. Poco antes de su muerte, El Morcilla hizo las delicias de la concurrencia que atestaba la Peña Juanito Villar, al borde de La Caleta, cuando le hizo entrega a Antonio Benítez, presidente de la peña Enrique El Mellizo, de un supuesto bastón de este último cantaor gaditano que obraba en los museos vaticanos, a donde había llegado a través de Camilo José Cela y Franciso Franco: “Qué noche nos dio con el bastón de su abuelo y unos pasadores –celebraba Chano--. El bastón lo había cogido del fogón de la calle Mirador. Se le ven las cagadas de mosca, les dije. Los pasadores eran de serrín y decían que era de su tatarabuelo, que murió en 1905”.

El Cádiz de Chano es el de Ramón Jarana, o el de El Brillantina, que era de Chiclana y que murió en La Línea, en un accidente de tráfico: “Estaba embarcado en un barco y cómo sería el barco que se partió en dos y estaba arrumbao cerca de Puerto Real. Entonces, esa tripulación, dale que te pego... ¡a la calle!. Y se viene El Brillantina en busca del calor de nosotros y salíamos de noche. El Brillantina se buscaba la vida con nosotros. Yo le cantaba unas frases y él bailaba de gracia, que se ponía la mano en la espalda como ahora hace Chiquito de la Calzá, pero porque él estaba malo de los riñones. Y el Puta, que vendía dulces por las casas de las fulanas que por eso le habían puesto El Puta, una gracia. El Puta hacía de Popeye, el Brillantina era Rosario y nosotros éramos la banda. Y una pobrecita que se buscaba la vida, que le decían la Rubia La Petróleo, venía también, y había uno que era mayordomo del Villamadrid, que era Madrid, que lo gastaba todo. Cada vez que venía a Cádiz, como nosotros éramos su cuadro de él, y venga esa venta La Palma, y venga esos dos cocheros --Mojones en un coche, en el otro no me acuerdo quien era--, y hasta los caballos bailaban a compás, con la guitarra de Miguelito Borrull”.

O el Beni de Cádiz, claro es, que como sabía que Manolo Caracol le tenía miedo a los perros se avalanzó contra su tobillo, mordiéndolo y gritando guau mientras aquel buey cansado –como le definió Fernando Quiñones-- que había logrado seducir a Lola Flores probaba la acústica del Teatro Arriaga de Bilbao.

“A Pericón muerto, Chano puesto”, sentenció sabiamente Antonio Burgos, coronándole como el delfín de ese raro trono de la gracia y de la picardía que hoy ocupa la majestad de Juan Ramírez Sarabia: “Eres el actual sumo pontífice de la narrativa popular gaditana, del arte literario del embuste, y yo quisiera escuchar tus historias
hasta que llegara la dudosa luz del día –le escribió Burgos, hijo adoptivo del Cádiz que hizo predilecto a Chano--. La de la flema británica. Le preguntaste a Niño Ricardo en Londres que qué era la flema británica. Y Ricardo te dijo que la flema era aquel parque,
con 700.000 niños jugando y 700.000 madres de los puñeteros niños, sin que se oyera una mosca, hasta que llega un tío, pega un chillido y a tomar por saco la flema británica. Esa es la verdadera flema británica: el silencio. En ese silencio, Chano, me contarías la reunión clandestina de todas las tardes en la azotea de tu casa de niño pobre del barrio de Santa María, cuando ibas a comprarle a tu padre anarquistón el España de Tánger y a que te fiaran media limeta de valdepeñas.Y se ponían allí en la azotea los amigotes, y uno que sabía leer les decía lo que ponía el España. El único diario que entonces decía que Hitler era un hijo de la gran puta. Libertad de expresión que celebraban bebiéndose la media limeta fiada. Hasta que aquella puretona del primero que tenía al novio falangista en la División Azul los denunció por clandestinos, y se acabó la libertad de expresión, el España de Tánger y la media limeta. Sobre todo, la media limeta”.

Ese espíritu que concierne a Chano Lobato, como fruto de una herencia colectiva a la que él hace un enorme honor, lo reflejó Fernando Quiñones con frecuencia en su narrativa, desde el libro de relatos “Nos han dejado solos” a la novela “Las mil noches de Hortensia Romero”, las memorias imposibles de una prostituta a la que el actor Ramón Rivero dio vida a bordo del espectáculo “Legionaria”, que aún representa por los escenarios españoles: “Preservativo, no, eso no. Bueno, antes, cuando no había otra cosa, bueno. Pero es que eso le quita el gusto al que sea, es lo mismo que estarte comiendo un merengue con el papel. Y luego, lo feo y lo cochambroso que es. Cuántos hombres no habré visto yo la mar de bien puestos ya p’arriba, y en cuanto se ponían eso, p’abajo”.

“Un Carnavá llegó El Friti a La Plata en un coche de caballos, vestido de indio de los comboi, y la corona de plumas que lleva en la cabeza el jefe de los indios se la había hecho el hijoputa de condones, yo no sé cómo no me meé, los condones de punta y así p’atrás, todos amarrados alrededó de una guita que era con la que no se les salía el aire”.

En Legionaria, latía la misma perplejidad y similar escepticismo al que concierne a buena parte de esa picaresca gaditana con el corazón a la izquierda y la cartera a la derecha que, como Chano Lobato, intentaron nadar y guardar la ropa aunque la cabra de su ideología tirase al monte libertario: “Quitando a quince o veinte mártires antiguos y gente antigua de la política, y dos o tres de ahora con una verdá y el corazón caliente, a mí me suena la política a un forcejeo y al egoísmo, que cada uno va a lo suyo, mujer, ¡a lo suyo!, que el mundo es malo si lo que quiere la gente es mandar, y eso le gusta a medio mundo. Una cosa que le escuché las otras noches a Luis el de abajo, y que me sonó a mí bien, es que antes estaba la mierda tapá y ahora, con la democracia, destapá. Que es mejor que esté destapá mientras no rebose, pero que sigue habiendo la misma mierda y que el que sea se sigue matando por quitarle al que sea una peseta o un sitio”, escribió Quiñones por boca de Hortensia Romero.

Aquellas gracias senequistas constituían un I+D que revalorizaba el producto del cante. Pero constituían, sobre todo, un abecedario de la supervivencia en tiempos de crisis: “Yo, a los señoritos, les enseñaba a pagar –asegura Florencio Ruiz Lara, Flores El Gaditano, otro de esa misma acuerda--. Cuando iban a darme dos duros tras oírme, yo les decía que no, que no me dieran nada ese día porque había cantado mal. A un buen cantaor, se le reconoce cuando paga bien y a buen aficionado cuando sabe pagar el cante por lo que vale. Al otro día, llegaba el mismo e iba a darme cinco duros y yo le decía que no, que me lo gastaba, que mejor que lo guardase y cuando cantara para él diez veces, que me diera cincuenta duros. Al final, siempre caía algo más. Yo le escuchaba decir al Titi, ‘deme lo que usted quiera’ y yo, que era más joven, le decía que no, que eso no debía decirse nunca. Y a Jaime Russo, le dije que el arte no tiene precio, que lo mismo se le podía pagar a un cantaor mil pesetas que un millón. ¿Hasta un millón?, me preguntó. Y dos millones, le dije. El arte no se paga con dinero. Entonces, empezó a sacar billetes de veinte duros del bolsillo y a contarlos, uno, dos, tres, cuatro... Hasta nueve. Ya no tengo más, me dijo. Bueno está por hoy, le contesté. El Titi se echaba las manos a la cabeza de que le hubiera sacado novecientas pesetas”.

A Chano Lobato no le agrada el silencio de los claustros del convento sino la bulla de la calle, sobre todo en una ciudad entre cuyos títulos figura el de la más ruidosa de Europa: "Aquí, en Cádiz, desde siempre hubo flamenco. Estaban unas bailarinas que se llamaban las puellae gaditanae. Gaditanae, como suena, que yo se lo oí referir en muchas conferencias a Amós Rodríguez. Que bailaban con los crótalos esos. Y a la más mejor de todas ellas le decían Telethusa. Y Pomponio Mela, que era su representante artístico, que se llevaba más tantos por ciento que Pulpón que en paz descanse, se las llevó para Roma, a que le bailaran a Nerón. Y como el viaje era tan largo y con tantas fatiguitas, la madre de Telethusa le dijo: Tele, hija, tú cuando veas al emperador, le echas una caidita de ojos y te quedas allí con él. Cuando volvió de Roma, le preguntó por qué o lo había hecho: Mamá, si yo lo hice, pero a Nerón lo que en verdad le gustaban eran los gladiadores".

Su Universidad fue un viejo barrio de pescadores, callejuelas cargadas de escasez y de sabiduría: "En esa tienda del Mataero, había un señor que se llamaba Terradas. Esa tienda del Matadero, que era muy grande y todos los artistas de las fiestas de Cádiz descansaban allí, con el Mataero enfrente. Los flamencos del barrio paraban allí, porque entonces no era como ahora, que hay televisión, sino que se contaban historias. Allí había un señor que se llamaba Terrades y que hablaba muy bien de cosas históricas. Que si a Cádiz vinieron los romanos, que si a Cádiz vinieron los tartesos, no se qué, que si Cádiz no se llamaba Cádiz sino que se llamaba Gades, que estaba hundido allí enfrente... Y a todo eso que le dice El Churri a Ignacio Espeleta: Ignacio, esto que está hablando este hombre, ¿de cuándo es? 'Eso tiene muchos años, eso tiene muchos años'. Y dice el Churri: '¿Y de todo esto se acuerda ese hombre? ¡ Si yo acabo de salir de casa y no me acuerdo de donde he dejado las llaves!”.

Esas retahílas, que Chano Lobato declama como si fueran un mantra budista, podrían venir, por supuesto, de la cadencia de las chufillas que hoy sigue recreando Mariana Cornejo, como un rap gaditano cuyo carbono 14 se pierde en la noche de los tiempos de silencio. Las palabras sirven para conjurar el miedo: cuando andamos nerviosos, hablamos más. Y hubo mucho miedo en la infancia de Chano, mucho silencio impuesto por la autoridad.

Y también cuenta el horror vacui. No es bueno que se haga el vacío y que de repente pueda pasar un ángel por el cuartito de la Venta la Palma donde un joven Chano Lobato está cantándole a un señorito y camelándose a una fulana –“muchachas”, las sigue llamando él con una ternura infinita y un respeto mayúsculo--: no hay que dejar que ni uno ni otra se aburran, no hay que quedarse callados porque cualquiera sabe quien está escuchando y, en aquel suplicio de la autocensura que fue la posguerra, los mismos falangistas que buscaban a Pericón para regalarle a su hijo Juman el uniforme de balilla, podían suponer que estando calladitos andaban pensando y quien piensa, pierde, como avisan Les Luthiers, que merecerían ser de Cádiz.